“Ser Soberana”

Compartirlo

Lúcida sin pretensiones de echárnoslo en cara —tal vez por eso, mucho más que lúcida— Rocío Navarro trabaja una forma artística que, por no llamar inclasificable —cosa que, en buena medida, es—distribuiremos en tres palabras: insólita, divina, arrolladora. A su manera, poeta; a su modo, cronista y fotógrafa; desde su lugar, docente; la hibridez que propone su mirada pareciera abarcarlo todo.

Nacida en Las Breñas, en 1983, Rocío cruzó mensajes con ModoMatria y llamó, con coraje y amorosamente, a “discutirlo todo”.

¿Qué perfil asumís con mayor intensidad? ¿El de cronista, el de docente, poeta? ¿Cómo se unen o se chocan esos perfiles?

¡El de madre! Las tareas de cuidado de mi pequeña hija son las que más tiempo me demandan, directa o indirectamente. Más aún ahora que estamos transitando un segundo año de pandemia, con periodos de aislamiento. Es un camino que elegí, plagado de aprendizajes y autodescubrimiento, pero no exento de sombras; es decir, bien intenso. En segundo lugar, los de docente y comunicadora, que también los vivo como un desafío creativo y son los que me dan de comer. Respecto a la poesía, Fernando Pessoa escribió alguna vez que ser poeta no era una ambición suya, sino su manera de estar solo. Y me siento bastante cerca de ese sentir. Parafraseando a Fogwil suscribo también a su idea de que es más fácil escribir que evitar la sensación de sinsentido que produce no hacerlo. Es una tarea que me tomo con respeto, pero sin expectativas, y que sin embargo me regaló muchísimo.

Los perfiles coexisten. Me parece entre saludable y orgánico que se mezclen y multipliquen. Hace poco escuché una charla TED en la que Camila Castillo plantea que “ser polifacética es un acto de rebeldía”, y no porque se manifieste en contra de la hiper especialización, sino porque lo hace a favor de que cada unx defina el lugar que quiere darse en el mundo. Durante demasiado tiempo, las mujeres no fuimos educadas para ejercer la ambición, sino para la renuncia, así que, aunque suene pomposo, quizás el perfil en el que confluyen todos los demás sea el de querer plantarme en la vida como una mujer polifacética.

¿Puede hacerse un, ponele, periodismo poético? De ser así, ¿cómo sería?

Creo que existe. Y que requiere, tal como la poesía, inquietud por las formas –de abordar una historia, de tratar con las personas, de narrarla- y tiempo para trabajarlas. Es decir, no abunda. Pero es una posibilidad hermosa que yo encontré en trabajos de Leila Guerriero y de Josefina Licitra, por ejemplo. La poesía es un recurso que puede meter las patas sin problema en los textos de no ficción. Y lo hace cada vez que se acude a lo aparentemente intrascendente, que se apela tanto al entendimiento como a la emoción de quien lee, que se confía en que el ejercicio del lenguaje crea sentidos, al mismo tiempo que se acepta de buena gana todo lo que carga de irresuelto cualquier cosa que podamos comunicar.

¿Cómo te llevás con las redes sociales? A juzgar por lo que se ve en tu Instagram –donde confluyen fotos muy sugerentes, delicadas, estéticas, digamos; con fragmentos poéticos—uno diría que de mil maravillas.

Soy parte de la generación de quienes siendo adolescentes o muy jóvenes usamos Messenger y Fotolog, es decir que supimos a temprana edad que podíamos vincularnos afectivamente mediante diálogos virtuales y encontrar en internet espacios para expresarnos mediante texto y fotografía. Llevo la mitad de mi vida usando esos canales, así que los tengo bastante internalizados. Hoy uso Instagram a modo de diario de mis días, mi cuenta es privada, no pienso lo que pongo ahí en términos de “contenido” ni estoy muy pendiente de que haya una estética definida, no hay un “público” en el que esté pensando a la hora de tirar algo ahí, sino personas que más o menos conozco y con las que tengo algún intercambio. También tengo un perfil de Facebook al que ya no entro tanto, pero eso es todo. Nunca tuve Twitter, ni un canal en YouTube, entré a Tik Tok por interés profesional (aunque todavía no entiendo del todo cómo funciona) y a Twitch ni siquiera asomé la nariz. El mundo de las redes se va ampliando y diversificando. Ojalá hagamos que sea para bien.

¿Qué tanto aportan las redes –si es que algo aportan— a la poesía?

Crear redes aporta a la vida. Lo virtual es parte de nuestra existencia y muchas veces genera un espacio de socialización donde surgen diálogos y afinidades que nos enriquecen socialmente. Christian Ferrer, que estudió bastante a los anarquistas, les atribuye la invención del “grupo de afinidad” como aporte a la historia de la disidencia humana. Y ese ideal surgió en espacios como las tabernas donde socializaban los obreros a comienzos de la revolución industrial, o las peluquerías en que se encontraron quienes serían las primeras sufragistas. Es decir, espacios donde de repente es posible encontrar pares con los cuales hablar de asuntos que permanecen en la clandestinidad. Entonces, las redes sociales pueden ser muy útiles para las minorías, para los feminismos, para cualquier expresión de identidad que necesite conspirar, defenderse, hacer visible una desigualdad, ampliar libertades. Quizás muchas de las grandes discusiones políticas que hoy estamos dando no nacieron en el comité de un partido político, sino al calor de experiencias afectivas matizadas por emojis, posteos, horas de chat, libros o películas compartidos. No digo por eso que las redes sociales sean el paraíso, hay mucho troll, fake y plata puestos para embarrar la cancha. Pero creo que son una gran herramienta para conspirar y parir pequeñas rebeliones.

Tanto en tu escritura narrativa como poética –y de alguna manera en tus proyectos fotográficos— hay una cuota de candor que acompaña ciertas reivindicaciones sociales, por así decirlo, que me empujan al legendario latiguillo: endurecerse sin perder la ternura. ¿Puede que haya algo de eso?

Qué bueno que lo encuentres así. No es algo que trabaje de manera planificada, pero definitivamente es un precepto al que suscribo. Hace poco vi en YouTube una charla entre Adriana Royo y Brigitte Vasallo en la que hablan sobre amor y ponen en discusión los modos de vincularnos afectiva y sexualmente que sostenemos. En un momento, Vasallo dice bromeando –aunque muy en serio- que vamos a acabar con el patriarcado si conseguimos que los hombres heterosexuales hagan cucharita entre ellos. Es una de las propuestas políticas más hilarantes y geniales que haya escuchado en los últimos tiempos.

Lo privado es político, ¿pero cuánto lugar ocupa la política en tu intimidad?

Hace algunos años escribí que muchas entendimos que sí, que lo íntimo es político, “aún si no hay vínculos directos entre dejarme la barba y salvar del naufragio a alguno de los africanos que se mueren intentado entrar a Europa”. Ante la impotencia que me generan las grandes desigualdades de este mundo, trato de actuar, no con resignación, sino con fe, respeto y coherencia ante aquellas cosas cotidianas y pequeñas en las que sí puedo tomar responsabilidad. Usar la bicicleta cuando puedo evitar el auto, intentar ser una buena persona con mis compañerxs de trabajo, estar atenta al modo en que me hablo a mí misma siendo una mujer gorda, hacer botellas de amor con los plásticos que usamos, brindar de mi tiempo y mis recursos a proyectos de construcción colectiva, militar esporádicamente en causas que me parecen justas. Intento no dar por sentado que las cosas deben ser de un modo determinado. Creo que hace falta discutirlo todo: desde el modelo productivo, hasta la monogamia. Porque el Estado, las iglesias y el mercado penetran en espacios íntimos donde me interesa ser soberana, definir las leyes bajo las cuales quiero vivir.