Salida al recreo

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Por Carlos Ratón Aranda

Un nuevo capítulo de MEMORIA DE RATÓN, libro de Carlos “Ratón” Aranda —ex preso político y referente de Derechos Humanos— que narra la vida carcelaria durante la última dictadura. Los presos políticos y un recreo futbolero.

Una de nuestras actividades favoritas era salir al patio. Era nuestra oportunidad de tomar sol, aire, y, si se nos permitía, realizar alguna actividad física. Además, era también nuestra posibilidad de socializar, de tener contacto con los otros compañeros. El recreo era la única posibilidad que teníamos de encontrarnos, ya que llegábamos a pasar encerrados en celdas individuales las más de las veces. Durante veintidós horas al día.

Y en cada cárcel, a su vez, el recreo en el patio tenía sus propias características, dependiendo del momento y la época de lo que fue la larga noche de la dictadura.

Por ejemplo en la U7 de Resistencia, en alguna época el patio fue sinónimo de traslado. Para lo único que nos sacaban era para llevarnos a otro Penal o a la Brigada de Investigaciones.

En otro momento, era el lugar en que podíamos caminar en círculos y no más que de a “dos internos”, que por supuesto éramos controlados rigurosamente. Por otra parte, antes de que pudiésemos bajar al patio, se nos requisaba puntillosamente. Salía un par de guardias del grupo de requisa a revisar todo, cada intersticio, ya que en el patio hacíamos pasar las “palomas” (sistema sofisticadamente rudimentario que permitía transportar los “caramelos” en los que enviábamos las noticias) entre pabellón y pabellón. Los yugas no entendían cómo hacíamos para mantenernos informados, pero lo intuían y revisaban el patio como perros de caza.

Es así que cuando el régimen se ponía más tolerante, se nos permitía jugar al fútbol. Uno de esos días nos sacaron al patio y salimos todos preparados para jugar. El fútbol ahí era toda una novedad, ya que veníamos con un régimen de encierro bastante importante.

Antes de ser detenido, yo había practicado muchos deportes: básquet, vóley, softbol, tenis, pelota-paleta, taekwondo, natación… pero como de niño ya era bajito, mi viejo, que era director de la escuela a donde yo iba, me decía, en actitud protectora:

—Al fútbol vos no juegues, porque te va a agarrar un grandote y te va a arrancar la cabeza de un balinazo. Más vale andá a jugar al básquet que es menos violento.

Y tanto es así que nunca antes de caer en cana se me dio por jugar al fútbol.
Pero claro, llegado el caso y sin más alternativas, no iba a andar eligiendo, así que en cuanto pasaron por las celdas los compañeros de fajina anotando a todos aquellos que  quisieran jugar, me anoté como el que más.

Fueron unos pocos días de juego, porque al poco tiempo, ante la inminencia de un traslado, nos volvieron a quitar el beneficio.

Qué les había pasado por la cabeza cuando nos autorizaron, no sé. Pero evidentemente no tuvieron en cuenta la importancia que le daríamos al asunto, no sólo por tratarse de un deporte colectivo y popular, sino porque necesitábamos hacer actividades físicas y descargar tensiones.

Lo cierto es que “el día elegido” nos llevaron al patio. Se hizo el sorteo entre el Mencho Campos y Panchito Perié, que eran los capitanes de los dos equipos, para ver qué arco le tocaba a cada uno. Y entramos a jugar.

Yo había aclarado de antemano que era un patadura  Y Panchito me dijo:

—Vos no te hagás problemas, jugá en la defensa. Eso sí: no lo dejes pasar a ningún contrario.

Así fue. Me posicioné en mi puesto con la consigna bien clara. Todo se desarrollaba de lo más bien, hasta que en determinado momento llegó a mi zona un “contrario”, de mi misma estatura pero más delgado. Se me venía encima con un muy buen dominio de la pelota. Y no va que intenta pasarme haciéndome un sombrerito. Aun sin ser muy avispado, me di cuenta de que me la iba a pasar por arriba. Entonces no titubeé: salté para pelearle la pelota y en el aire le mandé un cabezazo justo en el momento en que él también saltaba. Con tanta fuerza salté que le alcancé a dar con el hombro en la boca. El pobre se desparramó: cayó al suelo y la pelota quedó en mi poder. Aproveché para sacarla del área, mientras era vitoreado por mis camaradas, ante tanta definición de mi parte. Al menos eso pensé yo.

Pero el árbitro paró el juego. Yo no entendía nada y entonces me di vuelta y vi al compañero agarrándose la boca ensangrentada. Me acerqué y me encontré con que le había arrancado un diente con el hombro.

—Mirá… —dijo otro compañero a mis espaldas, y me señaló el hombro, donde tenía el diente del compañero clavado en la camiseta.

No sabía cómo pedirle disculpas. Ni me había dado cuenta de lo que había provocado con mi salto. La ventaja es que yo siempre había tenido buena relación con todos los compañeros, incluso con este que acababa de golpear, compañero del PRT, con quienes alguna vez algún otro compañero había peleado por cuestiones ideológicas. Pero a mí, la verdad, esas cuestiones nunca me parecieron suficientes para distanciarme de alguien.

El asunto es que el incidente de ese día sirvió para que me gastaran un buen tiempo por la forma en que “resolvía las cuestiones ideológicas”. Pero en el fondo estos encuentros venían bien para confraternizar y hermanarnos en la desgracia.