Presos, pero con la moral siempre alta

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Por Carlos “Ratón” Aranda

Ofrecemos un nuevo capítulo de MEMORIA DE RATÓN, libro de Carlos Aranda que funciona como un repaso íntimo y colectivo de lo que fue el calvario de la cárcel durante la última dictadura cívico militar.

Entre las primeras cuestiones que aprendía un detenido cuando llegaba a un nuevo lugar de reclusión, estaba la manera de “movilizarse”, de moverse en el lugar. Eso sí, era imprescindible estar predispuesto y con la moral siempre alta, cosa que a algunos les resultaba más difícil que a otros. Pero, como sea, había que lograrlo. O por lo menos tratar. En la cárcel se pagaba muy caro estar deprimido. Hasta con la vida.

Teníamos, en general, la firme convicción de que en algún momento íbamos a salir, de que íbamos a recuperar la libertad. Y para cuando llegara ese momento  teníamos que estar lo más íntegros posible. Para soportar la rutina, además, era necesaria la solidaridad entre nosotros. Así es que nos amuchábamos y nos dábamos calor, sin que importara la “ranchada” a la que cada uno pertenecía, ya sea comunista, socialista, del PRT o peronista. El asunto era darnos fuerza y así soportar.

En lo personal, no es que me costara mucho ser optimista. Naturalmente y por momentos de manera, digo yo, totalmente irresponsable, tuve y sigo teniendo tendencias a ver el vaso medio lleno. Y, salvo en el primer momento de detención, cuando me tenían en la Jefatura de Policía, cuando llegué a pensar que prefería la muerte, siempre tuve la convicción de que más tarde o más temprano nos iban a dar la libertad. Y eso, así como el buen humor, eran recursos sumamente valiosos.

Es así que nos preocupábamos cuando, por ahí, un compañero se veía depresivo o medio bajoneado. Nos podíamos permitir casi cualquier cosa, pero bajar la moral, no.

Era el reaseguro necesario para soportar el régimen a que nos sometían diariamente. Desde no dejarnos juntar con otros compañeros (en los momentos más duros, no podíamos caminar más que de a dos cuando teníamos patio, o nos aislaban y quedábamos solos dentro de la celda), a no permitirnos ningún tipo de comunicación con el exterior, inclusive privarnos de las visitas. No nos permitían leer diarios ni ningún libro, a no ser que se tratara de leer la Biblia —lo que para ellos era otra forma de castigarnos—, pues para ellos todos nosotros éramos ateos.

A nuestros familiares, por ejemplo, no se les permitía que nos trajesen  ropas de colores vivos, pulloveres “gordos”, camisetas o calzoncillos largos, pese a las bajas temperaturas de invierno. No podíamos tener más de una frazada por cama. En una época nos dejaban comprar querosén, tabaco (para armar los cigarrillos) y yerba sólo a la cantina de la cárcel. Pero eso después de haber pasado un período en el que no nos permitieron ni eso.

No podían entrar medicamentos. Solamente, y cuando conseguíamos que nos atendiera un médico o un enfermero, nos daban nada más que aspirinas, cualquiera sea la dolencia.

En otro momento, nos autorizaron a mantener correspondencia con nuestros familiares directos, o sea padres y hermanos. Después nos permitieron enviarles dibujos a los niños, hijos o sobrinos.

Hasta que también autorizaron las revistas. Nuestros familiares podían depositarnos Radiolandia, Esquiú y Somos. Lo que, en más de un caso, considerábamos todo un castigo. Por eso es que no es una exageración cuando afirmamos que los distintos regímenes a los que nos sometieron eran de aniquilamiento. Querían vernos destruidos, física y psíquicamente, que no sirviéramos para nada a nuestra sociedad.

De a poquito fue aflojándose la dureza del régimen, como un reflejo de lo que pasaba afuera.