Palabras para Juan, palabras por Juan, palabras para todes

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Teresa Laura Artieda

La escritura de la historia, las figuras destacadas y los símbolos han sido instrumentos de los que se han valido las clases dominantes para sostener un proyecto de país y un imaginario consecuente. Juan Chico lo tenía claro, muy claro, y pienso que para él era una suerte de obsesión usar esos mismos instrumentos para modificar de raíz los sentidos hegemónicos transmitidos en relación con (en contra de) los Pueblos Indígenas. Obsesión en el sentido de tarea política y de militancia febril. La vida se le iba en ello. E hizo muchísimo, fue enorme lo que avanzó, a pasos de gigante. Quizás porque, en algún lugar, intuía que el tiempo del que disponía iba a ser escaso frente a la envergadura del propósito. 

Me detengo en un recuerdo. Memorable. Sonrío al evocarlo y me enorgullezco de haberlo vivido. Escuela Nº 14, Colonia Aborigen, año 2008. Estamos entrando al lugar que oficia de salón de actos. Un joven se separa del grupo, decidido. Se dirige a la pared donde cuelga el retrato, clásico, de un adusto Domingo Faustino Sarmiento. Lo quita y cuelga otro del mismo clavo. Domingo es reemplazado por Dominga. Por una mujer, moqoit y líder, la cacica Dominga. Quien produjo tal conmoción en los cimientos de la escuela pública argentina era un indígena, Juan Chico. ¡¡Cómo olvidarlo!! Además, pidió que retrataran la escena, que la fotografiaran. A mí me quedó impresa en la retina. Y tallada en el corazón.

El valor performativo de la palabra era parte de la misma obsesión. Releía el prólogo del primero de sus libros, Napa’lpi la voz de la sangre. Napa’lpi Ltaxayaxac yi ntago’q, escrito en conjunto con Mario Fernández y con los ancianos cuyos testimonios recogieron, y que fuera editado en 2008 por el Instituto de Cultura del Chaco. Caí en la cuenta de la insistencia de Juan en repetir el término “palabra”, la cantidad de veces que ese término aparecía en unos pocos renglones. Me parecía estar percibiendo la fuerza con la que lo había escrito, como si ese acto por sí mismo hubiera tenido el poder de cambiar el estado de cosas. En pocas líneas nos remarca que la palabra se recoja, que la palabra no se pierda, que la palabra sea memoria, que la palabra circule, que la palabra se publique, que la palabra se escuche y se lea. Que se aprenda. La propia. Que desplace la palabra de los que siempre la esgrimieron, que la reemplace, que la arranque. De raíz. Como con la escena de los dos cuadros en la Escuela 14. Exactamente igual. 

Tomar la palabra es lo que transmite el diseño de tapa. Lo dicen Juan y Mario:  

“Agradecemos especialmente a Siboney Haylly Zamora Aray el hermoso diseño de tapa, con el cual interpreta cabalmente lo que pensamos: estamos emergiendo del mundo del silencio al mundo de las palabras.” (p. 10).

Pero también, quizás, la palabra para exorcizar el dolor; la escritura para abrir y para cauterizar heridas. Ya olvidé quién ha dicho esto antes, no es mío. Pero lo traigo porque quizá también así fue para Juan. Juan que estaba siempre escribiendo, en las condiciones que fueran. Así lo conocí, así trabajamos para editar ese que fue el primero de sus libros. En cuadernos, en hojas sueltas, en una vieja computadora. En época de disquetes que no siempre le guardaban ese texto que había compuesto, ese tesoro preciado. En cualquier horario escribía, evoco. En el patio de tierra de la casa en que vivía, entre sus niños, en el comedor de mi casa, en los calores del Chaco. Con David García por momentos, traductor al qom de La voz de la sangre. Nada de lo que lo rodeaba importaba, enfocado como estaba, empeñado como estaba, en la tarea. 

Me conmueve siempre, y me ocupo de señalarlo cada vez que creo oportuno, cuál es el sentido de ese título La voz de la sangre. Ellos, los jóvenes, siendo la voz de los asesinados en Napalpí. Y de las asesinadas. Tan claro y tan doloroso. El texto se editó en 2008 pero el proyecto de hacerlo se definió en 1998. Diez años de mantener la misma idea. Así lo explicaban:

“El título del libro reitera el nombre del proyecto que escribimos en 1998. ¿Por qué La voz de la sangre? Porque creemos que la sangre que se derramó ese 19 de julio es la misma que corre en nuestras venas. Porque cuando Caín mató a su hermano Abel no todo terminó ahí, su sangre clama por justicia. Porque no hay justicia aún por los hermanos masacrados en Napa’lpí, y nosotros somos precisamente la voz de esa sangre que la exige.” (p. 18).

Y siguió exigiendo Juan. Esa sentencia anunciaba en ese tiempo lo que ya tenía en mente y por lo que trabajó con la misma intensidad, con la misma pasión, con la que hacía todo: el Juicio oral y público por la Verdad por la Masacre de Napalpí. La Unidad Fiscal de Derechos Humanos de Resistencia acaba de requerir a la Justicia Federal la sustanciación de este Juicio por los crímenes cometidos por el Estado contra los Pueblos Moqoit, Qom y Shin’pi en el Chaco. 

Emociona escribir esto, emociona pensar que Juan fue una pieza clave, fue el motor. El amor fue, no lo dudo, el combustible. La pasión por su pueblo, ojalá que también la pasión por todos nosotros, nosotras y nosotres. Nunca estuvo solo, siempre con hermanos y hermanas indígenas y no indígenas. Juntos todos, todas, todes. 

Emociona pensar que cuando ese juicio tenga lugar, porque lo tendrá, la energía de la sangre y de su voz harán que así sea, cuando ocurra digo, él no estará en cuerpo. Estará en alma. Y lo lloraremos, y nos abrazaremos, y haremos justicia. Claro que sí. Él va a descansar entonces, y las voces de otros y otras jóvenes vendrán. Sin sangre. Solo voces, risas, bailes y cantos, para seguir ensanchando el horizonte. 

Chau Juan, nos estamos viendo. Te mando un abrazo. Gracias.