Margarita Carlota Carbajal, pequeña gran historia

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Los padres de Margarita Carbajal vivían en Laguna Limpia, un pueblo —como ella misma lo llama— “del Chaco profundo”. Pero ella, sin embargo, nacería en Campo Largo —otro pueblo del Chaco profundo— porque allí, en Campo Largo, vivían sus abuelos, sus tías y tíos maternos. Ahora bien, si uno lee su DNI se encontrará con que Margarita es Margarita Carlota, y con que nació un 22 de mayo de 1948 en El Zapallar (lo que hoy llamamos General San Martín).

La de Margarita fue una infancia feliz, o todo lo feliz que pueda llegar a ser una infancia del Chaco profundo. Corretear bajo la lluvia, jugar en el barro, un alegre tránsito por la escuela primaria, lo que se dice, una niñez vivida en armonía. Quizás porque no hay patria —Matria suena mucho mejor— más anhelada que la infancia, apelamos a ella cuando nos planteamos un ideal de libertad. Aun así hayamos tenido en el medio una madre y un padre exigentes, como fueron los de Margarita: ella y su hermana Gladys fueron, lo que se dice, “niñas diez”. Aun así la infancia incluya momentos más o menos agrios, como las despedidas: Margarita y su hermana hicieron el colegio en Resistencia, pupilas en el Itatí, y cada domingo abandonaban el pueblo para pasar la semana estudiando en la ciudad. Los ojos llorosos de la madre despidiendo a las hermanas desde el portón de la casa, son otra forma de la infancia.

Era la década del 60 y en el colegio Itatí quien dictaba las clases de Religión era ni más ni menos que el cura Rubén Dri. Por supuesto, se estudiaba la Biblia, los Evangelios, el Sermón de la Montaña, el compromiso de Jesús para con los pobres. Era la época del Concilio Vaticano II, de los Papas Juan XXIII y Pablo VI, de las encíclicas Mater et Magistra y Parem in Terris, de profundo contenido social y con un fuerte llamado a la participación activa de los católicos en la vida pública. Era, como puede apreciarse, una década muy especial para la grey católica, con el surgimiento de la Teología de la Liberación, de la Doctrina Social de la Iglesia, que se coronaría en 1967 con la Encíclica Populorum Progressio, que causó gran impacto en Latinoamérica a partir de un mensaje crítico al sistema capitalista, a la desigualdad, a la pobreza, a la violencia institucional. En ese contexto, sería paradigmático el Encuentro de Obispos en Medellín, en el cual los sacerdotes del Tercer Mundo elaborarían un documento con un fuerte posicionamiento “contra los opresores de los pobres”.

Ese era el ánimo político y social que campeaba cuando, en 1966, Margarita ingresó a la Facultad de Ciencias Económicas. De inmediato se integró al Movimiento Juventud Universitaria Católica. Aunque parezca increíble, la Catedral de Resistencia funcionaba entonces como una especie de unidad básica, con las misas a cargo de los curas Dri o Cúberli, cuyas tertulias —con o sin ellos— se extendían luego a la peña del Centro del Lisiado, entre empanadas y vino, religión y política. Como es de suponer, aquella militancia guardaba poca relación con la Iglesia institucional, la Iglesia históricamente jerárquica y clasista.

El paso que restaba hacia el peronismo era mínimo. La militancia política de Margarita transitaría, durante la facultad, el camino del Integralismo. La vida universitaria de la época, además, estaba atravesada por las grandes luchas y movilizaciones obreras, y Margarita era parte de aquel gran movimiento obrero-estudiantil que produciría íconos como el Correntinazo, el Cordobazo o el Rosariazo.

Los ídolos de la juventud, por entonces, eran figuras como Agustín Tosco y Raimundo Ongaro, la CGT de los Argentinos… El Mayo Francés reverberaba en la piel. Ni hablar el Che, la Revolución Cubana, los Uturuncos, Taco Ralo…

Poco más tarde vendrían la vertiente hacia un peronismo revolucionario, la Masacre de Trelew y su consecuente repudio con marchas y pintadas clandestinas. También llegarían las primeras “caídas en cana”. La militancia barrial y el Luche y Vuelve se vivían con intensidad… Margarita aún palpita la disputa de “los dos peronismos”: por un lado, el conformado por la burocracia sindical y política, “la expresión de derecha del Movimiento”; y, por el otro, quienes asumían una concepción del mundo, una línea histórica, expresada en las figuras de Rosas, Yrigoyen y Perón: la “Resistencia”, que se venía construyendo desde 1955 y que pariría al peronismo revolucionario. Una disputa que desembocaría en el largo, esperanzado y, finalmente, frustrado reencuentro con Perón, el fatídico 20 de junio de 1973 en Ezeiza.

Dice Margarita Carbajal que agosto ha sido siempre un mes especial en su vida. En agosto del 71, por ejemplo, recibió el título de Contadora Pública Nacional, con promedio “Distinguido” de la promoción. Sin embargo, al momento del acto académico decidió pegar el faltazo: aquella ceremonia no era más que otro acto burgués al que había que oponerse.

Pero agosto también puede ser especial por sus sinsabores: en agosto de 1974, un mes después de la muerte de Perón, Margarita cayó detenida. El clima político ya era por demás espeso, el ambiente social se había vuelto irrespirable. El problema de Margarita, por llamarlo de algún modo, era su militancia peronista de base con asiento barrial.

La alojaron en la alcaidía de la provincia, junto a otras tantas presas políticas. Lo que tal vez Margarita no esperaba, era estar embarazada: en mayo de 1975 nacería, en cautiverio, su hija Paula. Margarita fue llevada, bajo custodia, al Hospital de la Madre y el Niño. Allí permanecerían, ella y Paula, un par de semanas, hasta que fueron devueltas a la alcaidía.

El horrible sacudón que significó el golpe cívico-militar del 76 se sintió puertas adentro con el endurecimiento brutal de las condiciones carcelarias. La dictadura implementó, entre otras cosas, un régimen de aislamiento total.

En noviembre del 76 el Poder Ejecutivo dispuso el traslado de todas las presas políticas a la cárcel de Devoto. Aun con el paso del tiempo, Margarita siente cada tanto el retumbar de gritos y amenazas, los ecos de la cárcel.

Su libertad llegaría en septiembre de 1979, aunque sería una “libertad vigilada”, con residencia en Resistencia y en casa de sus padres, bajo un régimen de asistencia semanal tanto a una sede policial de Resistencia como a la sede militar de Corrientes.

Más allá de los desmanes provocados por la dictadura, la prioridad que se planteó Margarita una vez libre fue bien básica: conseguir trabajo.

No sería un asunto sencillo, pero era necesario trabajar, era necesario generar ingresos para solventar la crianza de Paula y para viajar a Rawson —previa autorización de las fuerzas de seguridad— a visitar a su compañero: alojado en la Unidad Carcelaria N° 6 de aquella ciudad, adonde se había dispuesto su traslado el 24 de mayo de 1975, Daniel Souilhé atravesaba su propio via crucis. Su liberación —como la de Margarita, bajo el régimen de libertad vigilada— ocurriría recién el 22 de junio de 1982.

El ingreso al mundo laboral sería, por decirlo amablemente, de lo más desalentador. Por un lado, los resquemores que provocaban el origen político de Margarita, su condición de expresa política, ¡sus ánimos subvesirvos!…

Por otra parte, también se hacían sentir los años robados por la cárcel, no poder actualizar estudios ni desarrollar la profesión. A tal punto que, una vez en libertad, descubrió que los impuestos vigentes al momento de su detención —Impuesto a las Ventas, Impuesto a los Réditos, entre otros— habían sido derogados. Había que aprender otra legislación. ¡Hasta la moneda había cambiado!

Las cosas se estabilizarían —aunque tal vez sea mucho decir— recién hacia 1989, cuando consiguió ingresar a la AFIP, en el área de Capacitación. En el 94 pasaría a formar parte del plantel docente de la Facultad de Ciencias Económicas de la UNNE.

Jubilada desde 2018, Margarita continúa en la Facultad en el área de Posgrado.

“¿Y desde la utopía?” —se pregunta a sí misma, y se responde—: “Sigo soñando con un país con igualdad de oportunidades para todos, todas y todes. Una Argentina inclusiva”.

También, y como corresponde, disfruta de sus hijas Paula y Sol, y de sus nietos Tupac, Caetano y Sandino.