Lo impredecible: la luz, el tiempo y las plantas

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Valeria Elide Salcedo, chaqueña, fotógrafa, elige llamarse a sí misma artista visual, porque su hacer está atravesado por la insistente búsqueda de retratar fielmente el detalle de las cosas, con profunda nitidez. Con Antotipo, Valeria propone desafiar los límites de la técnica fotográfica a partir de la investigación y aventurarse en la exploración del revelado con tinturas hechas a base de plantas. Plasma la esencia de la fotografía, ese instante fijado en lo perecedero de la captura, acercándolo al ciclo finito de la vida. Y nos ofrece una obra filosófica sobre lo efímero, que tiene a la imagen como soporte, pintada por tintas de árboles locales que utilizan la luz del sol como fuente de vida y de muerte.

Antotipo es el nombre de la técnica ecológica que utiliza Valeria Elide para esta producción. Se basa en la creación de una emulsión fotosensible, macerada con alcohol, utilizando plantas, tallos, cáscaras, frutas, pétalos… El color siempre depende del material. Con ese líquido pinta las hojas en las que irá impresa la imagen al ser expuesta al sol.

Es una técnica que no se puede fijar en los términos en los que acostumbramos a que perdure casi eternamente el tinte de las fotografías. Es más bien pasajera. Es monocromática, porque adopta el color de la planta utilizada, y las tonalidades están dadas por el paso del tiempo en su exposición al sol.

Esta técnica fue descubierta en 1842 por el inglés John Herschel. Pero al no contar con un método de fijado que asegurase su perennidad se la abandonó. Sin embargo, quien la puso en práctica fue Anna Atkins, la primera mujer reconocida como fotógrafa, en un inmenso registro botánico.

Valeria Elide regionaliza la técnica al utilizar el Urucú —un árbol proveniente de la amazonia— como tintura. En su obra, entrecruza su espíritu de investigadora, la pasión por las plantas y su gran conocimiento fotográfico. Valeria cuenta que conoció el Urucú a través de una charla con amigas, que decían que estaba florecido el árbol frente al Colegio Itatí. Al ir a buscarlo, descubrió un “ser milenario” con infinitas bondades: lo utilizaban los pueblos indígenas como colorante en los rituales, cada una de sus partes ofrece una medicina. “Es una planta muy noble, podes utilizar todo: la pulpa, las hojas, las semillas”, dice Elide.

En pleno centro de Resistencia se puede encontrar el Urucú, con sus semillas rojas cubiertas de un caparazón marrón pinchudo. “Lo vi y me enamoré. Si no encontraba esta planta yo creo que hubiera abandonado la técnica”, sostiene Valeria, en referencia al nivel de detalle que le permite alcanzar un tinte tan potente. Por lo mismo, cuando lo expone al sol, permanece allí mínimamente ocho días, generando una amplia escala de grises, hasta que la parte no cubierta por el material —filminas con fotografías impresas en el caso de su proyecto— es blanqueada por los rayos de sol. En las zonas cubiertas se conservan el color y el detalle de las texturas de la imagen. “Es también una invitación a activar todos los sentidos”, dice la fotógrafa, que destaca el aroma y el tacto como otras posibilidades de sentir la obra.

“Me gusta trabajar en los bordes de la fotografía”. Salcedo amplía la concepción del oficio sacándolo de la cámara, del lente, de lo digital, volviendo a lo analógico a partir de fusionar lo orgánico, lo artesanal y la técnica fotográfica.

Una poética puesta al servicio de la fotografía

Valeria explora las posibilidades que ofrece romper las reglas de la técnica fotográfica. “Cuando lográs romper es pura libertad”. Dentro de la copia, encuentra lo disímil, ya que en este juego que se propone gran parte del resultado depende del azar o, mejor dicho, de lo que la exposición al sol y el tiempo dispongan. “Se lo deja ocho días al sol, pero ocho días no es lo mismo en verano que en invierno, o si de pronto llueve o te tocan días nublados”.

El aprendizaje que busca transmitir tiene que ver, por un lado, con la poética que crea y acompaña a su obra: el ciclo de la vida, lo inevitable de la muerte, pero también lo trascendental de los procesos. Esta lógica del inicio y desenlace, se repite en cada segmento de la composición, porque es la concepción propia de la vida, de la naturaleza, y su técnica es una práctica experimental con lo orgánico.

En este proceso también tiene en cuenta a la fotografía digital y a las personas que elige para retratar en una sesión. Con ellas busca desentrañar lo que les pasa a esos cuerpos expuestos al sol, a la forma de habitarlos, a sus gestos. Nuevamente el tiempo, en este caso de una persona expuesta al sol, para captar luces y sombras.

El trabajo que Valeria Elide realiza con antotipos es una experiencia fotográfica que se completa en el transcurrir del tiempo.

Valeria hace énfasis en que se trata de una propuesta que rompe con la normalidad de los días. “En medio de tanto mecanismo de control que tenemos como sociedad”, dice Elide, antotipo plantea lo efímero, lo que no se puede controlar, ya que tiene como pieza clave el azar propio del clima, del entorno, y la resultante es la combinación poco exacta de todos esos factores inciertos.