Les hijes que pudimos construir

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Por ModoMatria

Mucho se habló en la última década de la literatura que escriben los llamados “hijes de los setenta”. Muchachas y muchachos que hoy ya rondan los cuarenta y llegan a los cincuenta y que han buscado –lo que no quiere decir encontrado–, las mil posibles maneras de saltar el laberinto que sus padres y madres impusieron con la épica y con la época que los movilizó.

La última dictadura nos marcó a fuego (¡y cómo no!) y hubo que rebuscárselas. A veces más, a veces menos explícitamente, las narradoras y narradores argentines bordearon o se sumergieron de lleno en tema. Con irreverencia, con solemnidad, desde la belleza y el grotesco la literatura se puso a la tarea de narrar aquellas marcas. Se trata, desde luego, de un territorio vastísimo, del que se desprenden títulos memorables, ya sea por su hondura como por la disrupción que proponen.

Laura Alcoba, Félix Bruzzone, y Carlos Busqued son algunos de los autores que mejor —o con más audacia— se lanzaron a esta especie de aventura —a veces inconsciente, siempre desgarradora— que supone la construcción de una identidad capaz de liberarse de la mirada rectora de unas madres y unos padres sustentados en ideas que, más allá de sus buenas causas, sufrían de cierta rigidez. Por decirlo suavemente.

Laura Alcoba publicó en 2007 La casa de los conejos. Estremecedora, la novela está narrada desde la voz de una nena que en La Plata es testigo, primero, de la militancia de sus padres. Una militancia intensa en el núcleo duro de Montoneros: “Mi padre y mi madre esconden ahí arriba periódicos y armas, pero yo no debo decir nada. La gente no sabe que a nosotros, sólo a nosotros, nos han forzado a entrar en guerra. No lo entenderían. No por el momento, al menos”.

Y después, esa misma nena percibirá, sin poder definirlo, el peligro que acecha, la lógica enrevesada del mundo adulto y la tragedia Argentina en toda su dimensión. Cómo atravesar una infancia que se ve de pronto envuelta en el miedo, en la desesperación, en la actividad clandestina.

La casa de los conejos es una novela angustiante pero, por sobre todo, también hermosa. La sensibilidad infantil va a contramano del mundo que narra y en ese choque surge una perspectiva que rompe los lugares comunes sobre la dictadura.

En un sentido aún más extremo escribe Félix Bruzzone. Hijo de militantes desaparecidos, Bruzzone tomó la literatura como un territorio desde el cual indagar la problemática propia, aquel desamparo elemental. Desde esa premisa, Bruzzone da vuelta todo.

El narrador del cuento “Unimog” —cuento incluido en el libro 76, ya desde el título una contundente declaración— es como Bruzzone un hijo de desaparecidos. El personaje del cuento acaba de cobrar la indemnización como víctima del terrorismo de estado y, un poco a la deriva —un rasgo, quizás, generacional— y sin saber qué hacer con ese dinero, compra un Unimog, el vehículo que junto con el Falcon verde expresa lo más ominoso de la dictadura. Como ajuste de cuentas, como simple incertidumbre, como vocación narrativa y manotazo de ahogado, la literatura ofrece resquicios para insinuar a grito pelado una forma de la desesperación. O del hartazgo.

En la novela Los topos Bruzzone empuja las cosas un poco más allá: el hijo de desaparecidos que protagoniza esta novela plantea en un principio sus incertidumbres más elementales: la orfandad que, sin embargo, impone la presencia abrumadora de los padres; la búsqueda de una verdad, el desamparo.

Ese personaje de a poco se irá entregando a las peripecias más delirantes. Entre un humor incomodísimo y secuencias que rozan el absurdo, la problemática de fondo —¿la dictadura?, ¿los hijos?, ¿el fin de unas utopías y el nacimiento de otras?— se desdibuja y emerge otra cosa. Algo amorfo, algo incierto.

El chaqueño Carlos Busqued se mete con la dictadura de una manera, si se quiere, tangencial. Su novela Bajo este sol tremendo fue un parteaguas en la literatura argentina. Durísima y sucia, publicada en 2009 la novela puso a Busqued entre los autores ineludibles e imprescindibles de las últimas décadas.

Bajo este sol tremendo es la historia de Cetarti, joven treintañero que vive en Córdoba, aturdido de porro y de documentales de TV que lo inflan de información chatarra. Perdido en esa nebulosa, Cetarti recibe una llamada de Duarte, personaje oscurísimo que le avisa que en Lapachito, provincia del Chaco, asesinaron a su madre —a la madre de Cetarti— y a su hermano. Duarte también le avisa que hay un seguro que Cetarti podría cobrar. Le propone algún chanchullo y Cetarti, que no tiene nada que perder porque acaso nunca tuvo nada, acepta sin prestar demasiada atención a lo que acepta.

A partir de ese momento la novela se hunde en un mundo farragoso. El Chaco que describe Busqued es un territorio podrido, áspero, que trasciende —como toda buena literatura— el realismo fiel e impone su metáfora. Duarte —con su oscuridad, su pasado de represor deslizado como al pasar— es uno de los personajes más monstruosos de nuestra literatura. Cruel hasta la náusea, es una rémora perfecta de la dictadura. En un sentido inverso aunque tristísimo, Cetarti se planta desde la incertidumbre, desde un vacío en el que apenas caben el humo del porro, la mala comida y la dejadez. Acaso no haya otra cosa.

O acaso sí, el final (¿feliz?, ¿existe eso?) de la novela abre una alternativa. Aunque esa alternativa, al parecer, está lejos de casa.

Lo único cierto es que les hijes ya son gente mayor. Con sus problemas irresueltos bien fundidos con su alma. Estemos atentes a lo que ahora mismo escriben, cantan, desarman y reconstruyen les nietes.

Nuestras identidades también se construyen desde la literatura. Quizás sea el lugar por definición desde el cual narrarnos. Buscar la manera, desde la plena incertidumbre, de proponer nuevas épicas, más incómodas, más irreverentes y transformadoras.