La olla en tiempos de pandemia, una organización de mujeres

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Por Melisa Sotelo*

Lo que se cocina, el propio territorio como escenario. Lo que se cocina es una película documental dirigida, producida y realización por Emilia Romero, actriz y docente; y por Josefina Lens, licenciada en Artes combinadas. Se trata de un cortometraje situado temporalmente en el 2020, durante los primeros meses de la pandemia por Covid 19, en el Barrio UTEDyC de Barranqueras. En él participan Gladis Romero Franco, Elsa Maciel y Mía Romero Franco, como personajes principales. Esta producción sociocomunitaria contó también con la colaboración y el apoyo de Isis Romero Franco, Joel Romero Franco, Alan Romero Franco, Yasmi Marina Álvarez Romero y Gustavo Álvarez. Pudo ser realizado gracias al aporte del Estado Provincial a través de la Ley de Mecenazgo del Instituto de Cultura de la Provincia del Chaco.

Lo que se cocina relata la experiencia de dos vecinas que, durante la primera etapa de la pandemia por Coronavirus, se conforman en una cofradía para llevar adelante la lucha contra el hambre que asolaba al barrio UTEDyC 120 viviendas, de Barranqueras Sur, en los días de aislamiento social obligatorio y restricción total de movilidad.

En esa zona de la ciudad, la mayoría de les vecines, costeaba su día a día con trabajos informales en los que salir a buscar la moneda era vital, por lo que la prohibición de circulación, necesaria por otro lado para evitar la propagación del virus, hacía muy difícil la realidad cotidiana. En este barrio, la mayoría de los trabajos eran de taxistas, empleadas domésticas, changarines, albañiles, carreros, etc.

Gladys, la dueña de la casa en la se estableció el comedor “Vida Nueva”, decidió buscar a su vecina Elsa para ponerlo en marcha; juntas aprovecharon la rápida repercusión que permiten las redes sociales, en un contexto en el que estas se transformaron en ventana hacia el afuera, para pedir alimentos y colaboración. “Quienes más vamos a sufrir somos los que no tenemos trabajo en blanco, los que tuvieron algún pase a planta seguro pueden colaborar con alguna cosita”, dice Gladys  y así el vecindario se organizó hasta llegar a una ollada que alimentó a un centenar de personas. Coquita, la payasa que encarna el personaje principal de la historia, dice “mi poder es hacer magia: con 1 kilo de puchero hago comida para 100, con una nariz hago reír a los niños”.

Uno de los ejes que subyace en el cortometraje es el espíritu resiliente de las protagonistas. “Nada grande se puede hacer con la tristeza”, decía Arturo Jauretche, y estas mujeres muestran, en cada acción, que no hay derrota posible, sino incentivos para la transformación, y que sus experiencias de vida han sido motor de soluciones para el futuro.

Mía —hija de Gladys— cuenta que cuando sus papás se separaron y el padre les pasaba muy poco dinero, ella y sus hermanos no pasaron hambre gracias a que iban a un comedor. Es esa experiencia de vida la que llevó a Gladys, frente a una crisis social, a convertir su hogar en un comedor y merendero para atravesar colectivamente un momento complejo.

Entrevista con las realizadoras Josefina Lens y Emilia Romero

¿Cómo surge la idea de filmar esta historia?

Emilia Romero: Yo vivo en el barrio y durante la pandemia el barrio se retrajo, hubo un momento en el que casi todes nos guardamos. Es ahí cuando surge esta experiencia de una familia en la que una mamá con sus hijes habilita la casa para hacer ese comedor. Se juntan Gladys, la dueña de la casa, y mi vecina de enfrente, Elsa. Yo veo en los estados de whatsapp una publicación diciendo que iban a hacer una olla popular para las familias que no tenían qué comer, familias que trabajaban de vender en la calle y a las que la cuarentena no les permitía salir. Pedían colaboración para los alimentos. Con todo lo que significaba el temor de ese momento, se animaron a abrir el espacio, primero a juntarse ellas dos, a habitar un espacio bastante pequeño y empezar a recibir alimento y después a las personas que iban a retirar el almuerzo. Me pareció importantísimo que con el miedo generalizado que apareció en el primer momento surgiera esta propuesta de no aislarse del todo, de juntarse a bancar la olla de estas personas que no podían en este momento darse el lujo de guardarse. Y quisimos, a su vez, poner el foco en esto que siempre sucede pero que poco se visibiliza, que somos las mujeres las que bancamos estas tareas más arriesgadas y solidarias. Arriesgar la salud para hacer frente a la otra pandemia que es el hambre. Esa fue la motivación que dio inicio a Lo que se cocina.

¿Cuál es el compromiso que se plantean como artistas al contar esta historia?

Emilia Romero: En nuestro territorio hay mucho de gran valor para contar y como artistas ponemos el ojo y la cuerpa en estas situaciones. Yo tenía el interés puesto en devolver una mirada hermosa a este espacio que habitamos y que históricamente nos han dicho que es horrible. Nuestro paisaje es la red de vecinos, un paisaje humano que te sostiene. Yo quería contar las cosas tremendamente potentes que tenemos en la zona sur de Barranqueras y luego, en la presentación de la peli en el barrio, me daba cuenta en los ojos llorosos de mis hermanos, en los ojos llorosos de los vecinos que se miraban, que con la peli del barrio hicimos un trabajo sociocomunitario.

Josefina Lens: Por otro lado, al ser comunitario y al ser documental, la producción tiene otro ritmo. Trabajar con otras personas te va marcando una línea, un ritmo, entonces hay que estar constantemente readaptando lo que se da a la idea original, a la posibilidad, no es algo cerrado a nuestra idea nomás, sino que también es trabajar con el territorio y con lo que ofrece el territorio. El desafío, y nuestro deseo, siempre es construir colectivamente.

¿Cómo fue posible materializar este proyecto?

Emilia Romero: Se abrió la convocatoria de Mecenazgo, nosotras nos presentamos y quedamos. A través del Fondo Solidario —que establece un presupuesto mínimo—que es una de las vías que ofrece el Instituto de Cultura del Chaco, pudimos bancar la movilidad, la comida, la herramienta propiamente audiovisual, que también tiene un costo. Para nosotras era fundamental, de otro modo no lo hubiéramos podido llevar adelante.

Josefina Lens: Este es un producto audiovisual comunitario, y por ahí lo que se piensa es que como es comunitario, es algo de barriada, se hace así nomás. Y no, hace falta tener dinero para hacerlo. Primero que el lenguaje audiovisual tiene un costo de por sí muy elevado si querés hacer algo de calidad, y no se logra solamente teniendo una re cámara. A veces, el problema con las producciones locales está en que la provincia no tiene conciencia de lo que sale. Por eso hacer cine acá es muy difícil, y porque el Instituto Nacional de Cine canaliza casi todos los proyectos en Buenos Aires. Entonces dijimos necesitamos un dinero para hacerlo, sino vamos a terminar haciendo agua por todos lados y nos vamos a terminar cansando.

MUJERES en la escena y detrás

Tanto en el documental como escuchando a las mujeres que lo protagonizan, se percibe una inmensa capacidad de transformación para encarar la vida. Casi todas sus historias están atravesadas por la violencia de género y hoy son mujeres autónomas y con proyectos independientes.

Emilia Romero: Eso que vos decís ellas tratan de contarlo desde un lugar que no es el de la mujer víctima, y con la cámara nosotras tratamos de no entrar en la revictimización. La actitud es ir para adelante, entonces nosotras también nos dijimos,  bueno, qué clase de documental queremos hacer: uno que ponga el foco en las violencias o en cómo lo llevan día a día con otra actitud. La payasa es eso también, el goce, el humor y el deseo. Muchas veces se piensa que las mujeres que sufren violencia están en un pozo negro y no van a salir de ahí. Es muy valioso que ellas deciden transmitir esta capacidad de resiliencia, de transformarlo todo, porque estas dos mujeres protagonistas sufrieron abusos desde pequeñas, acosos tremendos que nos llevaron a decir adónde ponemos el foco, para visibilizar esta otra pandemia, que es más fuerte y antigua que el coronavirus y de la que tanto Elsa, como Gladys sobrevivientes.

Josefina Lens: los colores que hay en el documental no son algo aleatorio, no están ahí porque sí. Es algo intencional, esos colores refuerzan esa idea de lo vital, de ir más allá de lo apagado o de la idea de muerte.

Otra de las presencias muy notables que se puede ver en la vida de las mujeres es la religión, pero me llamó la atención que hablan de este tema como aquello que les da fuerza espiritual para transformarse y transformar ¿Cómo lo vivieron ustedes?

Josefina Lens: Uno de los grandes desafíos que tuvimos, y que a mí nunca deja de impactarme, aunque sé que en las barriadas la presencia religiosa es muy fuerte, fue cómo mostramos esto, cómo lo incorporamos sin que lo abarque todo. Pero después vimos que fue una herramienta que les sirvió para la superación personal, que les sirvió de sostén, una presencia que les permitió armarse en red. Hablábamos por ejemplo de experiencias de campamentos donde aprendieron a hacer diferentes comidas, retiros espirituales, juegos. Nosotras aprendimos que no hay que juzgar tanto estas cuestiones, porque por ahí desde una postura feminista muy radical o no tan comunitaria, no se percibe a las religiones como una posibilidad. Y sin embargo está ahí, y hay que convivir con eso. 

Emilia Romero: A mí me permitió trascender esas disputas de yo pañuelo verde y vos pañuelo celeste. Todas estamos a favor de la vida. El arte me posibilitó, a mí que soy del barrio, poder conversar sobre esto y poder encontrar una veta para trascender. Somos vecinas, muy amigas y sororas. El feminismo no nos debe nublar canales de relación y puentes entre seres humanos, y hoy podemos ir rompiendo las microgrietas que se generan y decir nosotras somos con Elsa, somos con Gladys.

(*) Comunicadora Social