La noche del golpe

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A 45 años del golpe de Estado que marcó el inicio de la última dictadura cívico militar, recordamos aquel aciago momento de nuestra historia con un capítulo de MEMORIA DE RATÓN, libro en el cual Carlos Ratón Aranda –compañero ex preso político y referente de los movimientos de Derechos Humanos–, reunió recuerdos, tragedias y alegrías de la época. Un repaso estremecedor, íntimo y a la vez colectivo.

Memoria de Ratón (2013)

La noche del martes 23 Marzo de 1976, trabajé en el estudio hasta tarde. Aquellos eran días de calma chicha, nada indicaba la inminencia de lo que se venía, pero al  mismo tiempo se respiraba un clima raro, alentado por los comentarios generalizados sobre la inminencia del golpe.

Decidí —como solía hacerlo— quedarme a dormir ahí esa noche; tenía trabajo atrasado, el lugar era cómodo y además no tenía que andar por la calle hasta tan tarde.

Al otro día, miércoles 24, me despertó temprano la claridad que asomaba por el ventanal.

Fui hasta la ventana y la abrí. Eran las siete, siete y media. Estaba fresquita la mañana.

Me llamaron la atención el poco movimiento y el silencio de la calle. Parecía un feriado.

Miré hacia la derecha y no percibí nada que llamara la atención. Distraídamente volteé la cabeza y miré entonces hacia la izquierda…

¡Ahí sí descubrí la realidad! Una realidad que, no por novedosa, me conmovió profundamente: hete aquí que en la esquina, a media cuadra de donde yo estaba (o  sea, desde allí faltaba otra media cuadra para el Comando de la 7º Brigada del Ejército), se encontraban unos “verdes”, gente del Ejército, detrás de una barricada de bolsas de arena, haciendo guardia con pistolas, con FAL, con FAP (Fusil Automático Pesado), con Itakas, ametralladoras y hasta con un tanque de guerra.

¡Todos armados hasta los dientes!

—Sonamos —me dije—: llegó el Golpe.

Lo que no sabía —y supongo que conmigo, nadie sabía— era que NO se trataba de un golpe más.

 Los militares volvían al poder, sí, pero esta vez comenzaba la peor dictadura cívico-militar que hubiese sufrido nuestro país.

Prendí la radio y me enteré a través de la voz castrense: “…a partir de la fecha el país se encuentra bajo el control operacional de la Junta de Comandantes Generales de las Fuerzas Armadas…”. Y se repetía lo mismo a cada rato.

Todo el país se convulsionó y ya nada volvió a ser como era. Y decir esto no es una exageración.

“El golpe del ’76 no fue pensado entonces como uno más, sino como el golpe de todos los golpes, el golpe definitivo. Esta vez no deberían quedar ni los escombros de la sociedad populista que subsistía frente a los azotes asestados. No se trataba ya de deponer al gobierno democrático para convocar a elecciones y rehabilitar el funcionamiento de las instituciones republicanas tiempo después. Esta vez no habría cárceles repletas que algún día —inevitablemente— volverían a ser abiertas por el futuro gobierno democrático. Tampoco habría muertos molestos que exigieran justicia desde sus tumbas. Los militares deberían dejar, más allá de su gobierno, una herencia ejemplarizadora. Establecieron entonces un plan sistemático de desaparición de personas. Videla lo explicó un tiempo después: ‘No están…No existen. Son una entelequia’. Serían 30 mil”. De arriba, Alberto. 24 de Marzo de 1976. El Golpe. Ed. Sudamericana. Bs. As.

El tiempo que medió entre el golpe y mi detención, con los compañeros lo vivimos, en general y en particular, sobre ascuas.

En las calles se vivía un clima de cuartel; en el paisaje cotidiano nos cruzábamos con los camiones y camionetas “guerrilleras” —como se llamaba a las que llevaban la caja cubierta por un toldo—, cargadas de tropa armada, así como con autos sin patente y gente de civil. Y con un exhibicionismo de armas exasperante.

A partir de entonces, en cualquier momento podía producirse, por ejemplo, una “pinza”; en el peaje del Puente General Belgrano, y una vez que se hacía bajar a todo el pasaje del colectivo, se realizaban permanentemente chequeos y palpación de armas.

Un día iba yo hacia mi cita en Resistencia, desde Corrientes; de ahí pensaba ir a mi clase en la facultad. El asunto es que una vez que el colectivo cruzó el peaje del Puente, al llegar a la altura de la rotonda —un lugar inédito además— un “pescador” hizo señas para que parara. El colectivero frenó y el supuesto pescador subió con todos sus atuendos; pero para sorpresa de todos los pasajeros, una vez arriba el tipo se identificó como miembro de la Brigada de Investigaciones. Después empezó a pedir los documentos a todo el pasaje.

Esto —así como otros procedimientos similares— se transformó en cosa de todos los días, y podía suceder en distintos puntos de cada ciudad. No debemos olvidar, además, que se había impuesto el Estado de Sitio, lo que les daba la cobertura para proceder de esta manera.

Así y todo, había que continuar la vida. Y la militancia.

Había situaciones que demandaban, sí o sí, hacer frente a las requisas policiales y/o militares —cuando se trataba, sobre todo, de cuestiones vitales para compañeros fugados o buscados— para trasladar y lograr pasar determinadas cosas. Para ello, no quedaba más remedio que recurrir a nuestra mejor cara de perro y, sin inmutarnos ni demostrar nerviosismo, soportar estoicamente la requisa.

Como sea, bastó poco tiempo para comprender que los militares, esta vez, venían para quedarse. A pesar, incluso, de que en esos primeros meses hasta los dirigentes políticos suponían que, antes más que después, ellos volverían a participar.

Pero no fue así; salvo, y desde un primer momento, excepciones como el MID (Movimiento de Integración y Desarrollo), Partido que colaboró ampliamente, y de un grupo importante de intendentes de los partidos mayoritarios, que tuvieron participación manteniendo sus cargos durante la dictadura. Esta situación favorecía también a la creación de un clima hostil, a la vez que hacía que uno se sintiese la oveja negra, sosteniendo valores totalmente contrarios a los que se comenzaron a vivir en la nueva realidad de la dictadura.

Y a lo largo de esos siete años, fuimos teniendo elementos más que suficientes  que nos señalaban que no sólo habían venido para quedarse, sino que manifestaban la brutalidad y la criminalidad de sus métodos.