La Bailarina

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Ofrecemos un nuevo capítulo de MEMORIA DE RATÓN, libro de Carlos “Ratón” Aranda —ex preso político y referente de los Derechos Humanos en la provincia— que ofrece un registro de lo que fue la vida carcelaria argentina durante la última dictadura. En esta entrega, un pasaje luminoso en medio de tanta oscuridad, de la mano de Marilyn Granada, legendaria bailarina del Chaco. 

En la cárcel de Villa Devoto recibíamos las visitas en el patio, ubicado al pie del pabellón donde nos tenían alojados. Para verduguearnos, nos habían prohibido subir a la ventana que estaba bien alta en la pared del fondo de la celda. Aun así, solíamos pegar una espiada trepándonos hasta ahí.

Un día llevaron a Luís Alarcón para una visita. Salió él, lo más campante. Al rato, no recuerdo con qué motivo, se me ocurrió trepar a la ventana, tal vez haya sido simplemente para enfriar una torta recién hecha.

Flor de sorpresa me llevé: desde el primer piso pude ver al Piturro (como le decíamos a Luis) como único espectador de una sesión de danza que le ofrecía la compañera que lo visitaba. Fue una cosa deslumbrante ser testigo de semejante espectáculo, de esta delicada compañera que se deslizaba por el patio, “a capella”, cual pájaro libre, sin ataduras, sin que le importara la mirada incrédula del guardia. Ella bailaba para Luis, le ofrecía un plus inédito a su visita.

Casi treinta años tuvieron que pasar para que conociera a la dichosa bailarina. Fue en el Museo de Medios de Comunicación de Resistencia. Yo conversaba con el periodista Marcos Salomón cuando, de repente, se acercó a saludarlo una mujer. Como vio que no nos conocíamos, Marcos nos presentó:

—Qué tal, mucho gusto —dijo ella—: Marilyn Granada.

Trascartón se me cruzó una foto, una imagen que volvía a mi cabeza.

—Mirá lo que son las cosas… —le dije—. Vos nunca te habrás enterado, pero yo te vi bailar en el lugar más insólito que a alguien se le pueda ocurrir.

Y le conté. 

—Se me ocurrió bailar para él y se lo dije —me contó Marilyn—: Luis no quería, temía las represalias. Pero me saqué el pulóver y me largué a bailar. 

Todo un dechado de libertad traído en un segundo. Fue su mejor regalo en circunstancias tan duras. Todo nos estaba prohibido. Ella le regaló a Luis —y en cierta forma también a mí— un pedazo de libertad. Regalo de la vida.

Por Carlos “Ratón” Aranda.