Fabiola, una danzante luchadora

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Por Pamela Soto*

El 3 de marzo, Fabiola Ramírez, fue almorzar con una amiga en Ayacucho al 800, en Resistencia. A la siesta, tomó un remis para volver a su casa. Nunca más la volvieron a ver con vida. Su cuerpo, asesinado, fue hallado en su casa de la calle Alem, dos días después. El dolor de su pérdida atravesó la jornada de protesta en el marco del Paro Internacional de Mujeres del 8 de Marzo.

En ese momento, no había sospechosos por el crimen y tanto sus amigas como su mamá, exigieron a la Justicia una respuesta rápida. Hoy, se sabe que fueron dos hermanos quienes la asesinaron por odio.  

Un alma alegre y soñadora

Fabiola era una joven mujer trans, activista, feminista. “Risueña, danzante y luchadora, candomberas”, resumieron sus amigas de la grupa chaqueña de candombe Aguara Chakú el día en que lanzaron una acción nacional para exigir, a través de la música y de sus tambores, justicia por el transfemicidio de Fabiola y otros tantos que ocurrieron durante el 2021.

“El último día que la vi a Fabiola fue cerca de mi casa, vivíamos relativamente cerca asi que nos juntábamos en una plazoleta intermedia entre el barrio de ella y el mío, en una especie de santuario de San Expedíto. Siempre charlabamos un montón, horas”, cuenta Sofi Díaz, activista travesti-trans y amiga de Fabiola.

Según cuenta Sofia, esa última vez que se vieron, Fabiola le había hablado de sus sueños de ser una influencers trans en las redes sociales. “Fabiola era una piba de 22 años con sueños por cumplir”, dice.

Fabiola vivía con sus amigas, esa era su familia, un grupo de chicas trans que unieron sus luchas para subsistir. Algunas de ellas, como Sofía, siempre le insistían en que concluya sus estudios secundarios, le faltaban unas pocas materias. “Pero sus prioridades eran otras: existir, el día a día, sostenerse por sus medios propios, y en eso, me parece importante señalar que tal vez, si hubieramos discutido la inclusión laboral formal travesti-trans años atrás, tal vez, solo tal vez Fabiola estaría viva”, afirma Sofía.  

Según el Observatorio Nacional de Crímenes de Odio LGBT en su informe del 2020, hubieron entre enero y junio unos 69 crímenes de odio en donde la orientación sexual, la identidad y/o la expresión de género de todas las víctimas fueron utilizadas como pretexto discriminatorio para la vulneración de derechos y la violencia.

Del total de las personas de la comunidad LGBT+, víctimas de estos crímenes de odio, el 78 % de los casos corresponden a mujeres trans (travestis, transexuales y transgéneros); en segundo lugar, con el 16 % se encuentran los varones gays cis; en tercer lugar, con el 4 % de los casos le siguen las lesbianas; y por último, con el 2 % los varones trans.

“La discriminación, el odio hacia nuestras identidades, la marginalidad laboral a las que muchas somos sometidad, terminan siendo condiciones necesarias para los transfemicidios. Si ella hubiera tenido la posibilidad de trabajar, otra hubiera sido la historia”, afirma Sofi Diaz.

Una historia de lucha

Según cuentan sus amigas, unos días después de que cumplió 18 años, se acercó sola al Registro Civil para solicitar la rectificación de su género y su nombre en su DNI. Eligió sola sus nombres y así se convirtió en Fabiola Ramirez.

“Ella no necesitó de nadie, no necesitó que la acompañen, estaba segura de lo que quería. Ella tenía eso de proponerse y lograrlo todo”, cuentan.

Ella comprendió que el ejercicio del derecho a la identidad de género era algo que le correspondía y que debía exigirlo. Más allá de las discriminaciones que sufría y que sufre el colectivo travesti-trans en las calles y en las mismas instituciones del Estado, Fabiola creía que era su derecho exigir que se la respeten por cómo se autopercibía, por eso, hizo sola su trámite del DNI.

“La veo bailando música electrónica, con su carisma y alegría, la llevo en mi corazón. Su transfemicidio nos sacudió como sociedad y a todo el colectivo LGTB, fue una situación dificil y en ese acontecer lo que dejó es una unidad y el comienzo de una militancia propia por nuestros derechos”, concluye Sofi.

(*) Periodista