Eterno Juan

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Por Melisa Sotelo*

Juan Chico fue una de las figuras más importantes del Chaco contemporáneo. Escritor, investigador, militante por el reconocimiento de la historia de los pueblos indígenas, murió víctima de Covid a los 45 años en Resistencia. Desde ModoMATRIA, queremos rendirle un sentido homenaje a su memoria, pero por sobre todo a su inmensa humanidad.

Juan Chico nació en Napalpì, Colonia Aborigen, Chaco, el 30 de abril de 1977. Un suelo arrasado por la historia. Centro de acontecimientos imborrables sobre el que dejaron sus huellas grandes luchadoras y luchadores de nuestro territorio. Juan fue uno de ellos.

A Juan lo desvelaban el silencio de su gente, la pérdida de la lengua materna en la Colonia, lengua que él mismo no había llegado a aprender. Y lo desvelaba el olvido.

En sus 45 años de vida, Juan recorrió infinitos kilómetros para narrar las memorias de su pueblo. Recordar a Juan es ver brillar sus ojos, encendidos por el entusiasmo de alguna verdad; es una invitación a emprender algún proyecto con el que  recorrer la provincia y descubrir memorias orales para transformarlas en texto. Juan tenía en su cabeza una lista infinita de nombres de hermanos portadores de relatos orales que demandaban ser escritos, y estaba dispuesto a llegar al lugar más recóndito del Chaco para cumplir ese objetivo.

Fue historiador, investigador, productor de documentales; gracias a él llegamos a conocer las voces de quienes sobrevivieron a las masacres de Napalpí y del Zapallar, como Pedro Balquinta y Melitona Enrique. Gracias a Juan les conocimos las caras y les pudimos oír contando sus propias vivencias, en los cortometrajes realizados allá por 2008 en la Dirección de cine y espacio audiovisual del Instituto de Cultura. ¿Sabías que?, La alegría de sobrevivir y Hacia adentro son tres audiovisuales imprescindibles para conocer la historia de los pueblos Qom y Moqoit en la voz de sus protagonistas. Gracias a su iniciativa creadora tuvimos un Festival de Cine Indígena, con el foco puesto en realizar talleres para que, de cada evento, nacieran personas capaces de multiplicarlo.

Gracias a Juan se gestó un nuevo paradigma, en el que a la historia la empezaron a contar los propios indígenas. Con su personalidad arrasadora y con su ritmo trepidante iba contagiando ganas, hacía sentir que todo era posible. Así también se gestó la Fundación Napalpí; Juan animó a compañeres y colegas del Instituto de Investigaciones Geopolíticas a llevar adelante el  “Seminario de Reflexión sobre el Genocidio Indígena en el Chaco Argentino”; seminario que fue referencia regional y del que participaron académicos del país entero, como la Red de Investigadorxs en Genocidio y Política Indígena.

Fue escritor de cuentos y relatos para niñes; poeta e investigador. Junto a su compañero y amigo Mario Fernández escribió La voz de la sangre, ilustrado por Hallylly Zamora Aray y traducido al Qom por David García y Desiderio Lorenzo. Ese texto representó la primera y poderosa irrupción de un joven indígena en la discusión sobre la narración oficial de la historia de la masacre de Napalpí.

En el libro Los Qom de Chaco en la guerra de Malvinas: una herida abierta Juan develó la participación indígena en aquella infame contienda, de la que también habían sido invisibilizados los pueblos originarios. Gracias a esos testimonios recogidos por Juan, se logró que el día 26 de agosto de cada año se conmemore el Día del Veterano y de los Caídos indígenas en la de Guerra de Malvinas.

Además de esos dos textos icónicos escribió Las voces de Napalpí, La niña de los cabellos largos, El mosquito y las luciérnagas, Meguesoxochi, Las estrellas que se durmieron y La gran laguna, colección ilustrada de lectura infantil.

En su incansable búsqueda por la Memoria, la Verdad y la Justicia logró —junto a Lorenzo Pincén, Mario Fernández y Sergio López, representantes de la Fundación Napalpí— devolver a su tierra a los nueve caciques que habían sido llevados como trofeo tras las masacres de la campaña de Victorica en 1884-1885; y posteriormente exhibidos, sus cadáveres, en el Museo de Ciencias Naturales de la Plata. Los restos de aquellos hombres descansan hoy en el Memorial de Napalpí, ubicado en el sitio donde ocurrió la masacre de los pueblos qom y mocoví en 1924, en el lote 39 de Colonia Aborigen. Que exista ese espacio dedicado a la Memoria —así como que el resto de los hermanos descansen allí—, también se lo debemos al imparable empuje de Juan Chico por marcar las huellas de la historia.

Fue el principal impulsor —a través de la Fundación Napalpí— de los Juicios por la Verdad para que la Masacre de Napalpí fuese considerada delito de lesa humanidad y para que el Estado reconozca que lo que ocurrió en 1924 fue el asesinato —por parte de las fuerzas militares y policiales— de personas de los pueblos qom y moqoit que se encontraban reunidas en un espacio público en reclamo de mejores condiciones de trabajo, ya que la vida en las reducciones se llevaba en condiciones de semiesclavitud. Esto fue posible gracias a la tenacidad con la que Juan buscó y consiguió dar con los testimonios de los sobrevivientes, como los de los ancianos Pedro Balquinta y Rosa Grilo; gracias al registro audiovisual que logró de Melitona Enrique, así como la declaración de los hijos de Melitona y Rosa Chara, construidos a partir del relato oral de sus madres.

Por esta misma causa, Juan Chico logró que el Equipo de Antropología Forense se hiciera presente en Colonia Aborigen, Chaco, para realizar las exhumaciones y darcon las fosas comunes en las que habían sido enterradas las personas asesinadasdurante la Masacre.

Juan ocupaba hasta antes de su muerte el puesto de Director de Tierras del Instituto Nacional de Asuntos Indígenas (INAI), que se encarga del relevamiento territorial que protege a las comunidades de todos los desalojos. Juan Chico fue la primera persona indígena en ocupar este puesto.

El vació que Juan deja es inmenso. Su capacidad y su calidez humana serán recordadas como banderas de lucha. Sus enseñanzas están vivas como trinchera para las batallas de nuestro presente.

*Comunicadora Social