Estadía en la Brigada

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Por Carlos “Ratón” Aranda

El 30 de abril pasado, se dictó sentencia en la denominada Causa Caballero III, por los casos de secuestro, tortura y violaciones ocurridos en la Brigada de Investigaciones de Resistencia durante la última dictadura cívico militar. Ofrecemos a continuación un capítulo estremecedor de MEMORIA DE RATÓN, en el que Carlos “Ratón” Aranda relata su traslado desde la Jefatura de Policía a la Brigada.

Si bien no daba para alegrarse, darme cuenta de que desde la Jefatura de Policía me llevaban a otro lugar despertó en mí, al menos, cierta curiosidad. No más que eso.

            Las cosas tal como venían planteadas no eran nada fáciles.

Me bajaron de la Planta Alta de la Jefatura y me hicieron avanzar —vendado, encapuchado y esposado a la espalda— por un lugar que luego sabría que era la cochera, hasta un vehículo. Abrieron la puerta de atrás y me metieron de un empujón, tirándome al piso. Por la suspensión y por su característico motor, me di cuenta de que se trataba de una furgoneta Citroën. Alcancé a divisar su color: marrón claro.

Ahí me tuvieron un buen rato, mientras el guardia me decía que permanezca en esa posición, tirado, “porque si te ven desde afuera te voy a tener que boletear”. Hasta que volvió a abrirse la puerta, y a alguien más le ordenaron: “subí y tirate ahí”. O sea, al lado mío.

Al ratito, la Citroneta se puso en marcha y avanzamos. Yo totalmente desorientado, apenas si sabía —por el ruido de otros vehículos y por las frenadas en las esquinas— que estábamos dentro de la ciudad.

Hasta que llegamos a destino. La puerta se abrió y nos fueron sacando de a uno.

Me llevaron por entre unos pasillos y me hicieron subir una escalera muy empinada, casi sin tocar los escalones, mientras me doblaban los brazos sobre la espalda. Parecía que estuviéramos a la intemperie, ya que se sentía una fuerte corriente de aire.

Con el tiempo supe estábamos en la Brigada de Investigaciones, de la calle Marcelo T. de Alvear 32. Habíamos ingresado por la derecha del edificio —o sea, por  la cochera—, y de ahí me llevaron hasta el segundo piso, desde donde se puede percibir la corriente de aire, aun sin estar al aire libre.

Ya en el segundo piso, escuché que abrían un candado y una reja. Percibí  que traían a alguien más.

—Entren ahí —nos dijo el llavero que hacía la guardia esa noche.

Nos empujó, y sobre que entramos, nos chocamos entre los dos y a la vez tropezamos con algo tirado en el suelo. Caímos. Lo que había en el suelo eran catorce compañeros tirados, vendados y esposados como nosotros.

            La celda no llegaba a los tres metros de cada lado, con una única abertura que era la puerta de rejas, cubierta, a su vez, con una frazada colgada por afuera, para impedir que se viera el interior.

Me tiraron al piso, decía, junto con mi circunstancial compañero de “viaje” y nos fuimos acomodando como podíamos entre los compañeros que ya estaban. Después supe que el compañero con quien me habían traído desde la Jefatura era Caranchillo Zárate.

Estaba aún haciéndome a la idea del lugar, cuando escuché de repente un sonido agradable, absoluta y hermosamente familiar: el sonido que nos hacíamos con Julio, mi hermano, cuando éramos chicos y queríamos zafar de alguna “situación complicada”, de una paliza de mis viejos por haber hecho una travesura por ejemplo.

Escuchar aquel sonido y ponerme contento fue una sola cosa.

Tan luego en ese preciso momento, en ese terrible lugar.

Justo cuando la noche se me había puesto más oscura, se me iluminó con la señal que nos había acompañado desde siempre.

            Y vaya si era oportuna esa señal.

Por un momento se me olvidó todo lo que me habían hecho. Lo único importante era, no podía ser de otra manera, el sonido que me juntaba a mi querido hermano.

Me resulta dificilísimo describir la grieta por la que se coló ese rayo de luz. Qué alegría.

Mi hermano Julio… lo habían tirado junto al resto; no había tenido noticias suyas desde nuestra triste estadía en la Jefatura. Ahora, en la celda de la Brigada, me había reconocido por mis pies, espiando a través de su sucia venda.

Además de la vieja y querida señal, Julio me tocó la pierna. Y yo, absolutamente tranquilo a partir de ese momento, le respondí con la misma carraspera de garganta. Ése era el sonido, nuestra seña. Seguíamos en peligro, pero ahora todo era distinto.

Pasó un buen rato hasta que uno de los que jugaba de local dio el santo y seña de que el yuga había bajado y que estábamos solos en el segundo piso. Eso nos daba cierto margen para comunicarnos más cómodamente.

Encontrarme con mi hermano fue un alivio, pero quitarnos las vendas y vernos las caras fue la alegría total. Y aunque ambigua, también fue una alegría ver que la mayoría de los que estaban en la celda eran conocidos y queridos compañeros de la facultad.

Fue un reencuentro grandioso, por primera vez rompíamos el aislamiento, y no sólo con mi hermano sino con el grupo de compañeros de la facultad. Éramos dieciséis dentro de la celda: Víctor Fermín “Carau” Giménez, Carlitos Aguirre, Leopoldo “Olivia” Arce, Pilín Rodriguez, Raúl “Ternero” Gómez Lemos, José “Cuervillo” Niveiro, Juan  Manuel “Ranita” Roldán, mi hermano Julio, Leguizamón, Rodo “Kung Fu” Bustamante… de los que me acuerdo.

A quienes debería agregar el Patón Greca, Yedro, Fernando Piérola, Carlos Zamudio, Roldán, La Dionda y Lucho Díaz, entre otros compañeros que estaban alojados en las celdas individuales enfrentadas a la nuestra.

No es que a partir de ese momento se hubiese disipado la fragilidad de nuestra situación, pero era tal la alegría que de pronto nos sentíamos si no más seguros, sí al menos más contenidos.