Es urgente y es ahora, el cambio climático está entre nosotres

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Por Belén Roca*

El pasado 24 de septiembre miles de jóvenes marcharon —en todo el mundo— en lo que fue una nueva protesta por la crisis climática. En nuestro país la movilización se realizó frente al Congreso de la Nación y en varias ciudades a lo largo del territorio. Ante un contexto global donde nuestra vida pareció detenerse por la Pandemia, las emisiones de gases de efecto invernadero sin embargo han persistido, el calentamiento global siguió su curso y el cambio climático es una realidad palpable en nuestra vida cotidiana.

Si bien la convocatoria global tiene como principal portavoz a la joven activista sueca Greta Thunberg, en nuestro país son les Jóvenes por el Clima quienes la motorizan, junto a muchísimas organizaciones a las que en este año se sumaron no solo ONGs, asambleas vecinales y movimientos socio ambientales de base territorial, sino también agrupaciones políticas en las que por fin parece haberse instalado —al menos en sus bases— el discurso socio ambiental.

Las publicaciones en redes sociales invitaban a sumarse con este mensaje: “Frente a las expresiones de negacionismo climático, es importante manifestar con contundencia en las calles lo que la ciencia viene diciendo hace años: el cambio climático es real e inequívoco y es consecuencia del accionar humano”.  Es interesante ver cómo en las calles y en los discursos, distintos sectores de la sociedad se encuentran y construyen organización colectiva alrededor de una verdad inevitable: el cambio climático llego hace rato, los gobiernos en general miran para un costado —tanto en lo que a la reducción de emisiones se refiere como a medidas de adaptación o mitigación necesarias— y las empresas pintan sus acciones de verde mientras hacen lobby para seguir contaminando. Como si no hubiera un mañana que vivir.

Algunas de las consignas que se pudieron leer, ver o escuchar fueron: “Somos Ambiente”, “Justicia social es justicia ambiental”, “Patria sí, colonia no”, “Que lo escuche Cabandié / Hoy salimos a la calle porque no hay planeta B”, “No al acuerdo porcino”, “Vaca muerta es muerte”, “El agua vale más que todo”, “Basta de extractivismo”, “No a la ley de hidrocarburos”, “Basta de megaminería”, “Ley de humedales ya”, entre muchas otras que varían según los sectores que las enarbolan o el lugar donde se llevan adelante esas luchas socio ambientales.

Todas tienen un punto común: una parte de la ciudadanía despierta, empoderada, comprendiendo que su vida está vinculada a la vida de todo y todes les demás; que las acciones que se llevan adelante tienen un impacto en los lugares que habitamos. Cayendo en la cuenta de que nada vale más que la vida y que la organización es la única forma posible de exigir información ambiental de calidad; que la variable ambiental esté presente en cada proyecto que se plantea, y que por más que necesitemos dólares, estos no pueden costarnos la salud de las personas, los seres vivos con los que cohabitamos y nuestros territorios. Si bien las marchas son motorizadas por los más jóvenes, la lucha ambiental es y debe ser intergeneracional, interseccional e interdisciplinaria.

En la marcha, más allá de las consignas diversas, el pedido fue común y exigió políticas publicas concretas: ley de humedales, ley de envases con inclusión social, ley de etiquetado frontal (cuyo tratamiento, el martes 6 de octubre, la oposición impidió al no dar quorum en la cámara baja), Ley de acceso a la tierra; repensar la transición energética (a contramano de la Ley de Hidrocarburos recientemente presentada); fomentar la agricultura familiar, la alimentación sana y poner freno al acuerdo porcino con China.

Hoy lo sabemos con claridad: no hay manera de combatir la desigualdad si no tenemos en cuenta el impacto de las actividades económicas en la salud del ambiente. Necesitamos un cambio estructural que solo debe ser llevado adelante desde el estado. Aunque con esto solo no alcanza, ese cambio debe abordar el punto central: el 1% más rico de la población emitió más del doble de efecto gases invernadero que el 50% más pobre; ese 1% es el mismo que concentra el poder y la riqueza a nivel mundial y que sigue engordando sus arcas a costa de la vida de todes.

Las consecuencias del cambio climático no son algo lejano, podemos encontrarlas a la vuelta de la esquina, en ese río que es parte indisoluble de nuestra identidad. ¿Qué pasó con el Paraná en estos tiempos? Bastó con darse la vuelta por alguna red social, la tele o un grupo de whatsapp para saber que pocos recordaban algo así y que la situación con el río es extrema. El Paraná atraviesa su bajante más pronunciada desde 1944, con un impacto negativo en los ecosistemas pero también con numerosas actividades productivas que dependen de su caudal.

Para dimensionar el problema, es útil señalar que la cuenca del río Paraná abarca nada menos que 2.583.000 metros cuadrados, casi el mismo tamaño que la superficie argentina continental, por lo que el asombro y la preocupación se repitió a lo largo de toda la cuenca. Por ejemplo, en junio de 2021 el río alcanzó su nivel más bajo en medio siglo, llegando a marcas negativas, cuando en su altura media en invierno está alrededor de los 3.20 metros. El caudal decreció tanto que la cobertura de agua en el delta del Paraná, que habitualmente es de un 40%, en julio de este año llega solo a un 6%”[1]. En la página web del Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible de la Nación se publicó una nota donde Sergio Federovisky (secretario de Control y Monitoreo Ambiental) menciona algunas precisiones sobre los aspectos ambientales que motivan la bajante histórica de nuestro rio. Menciona allí una obviedad: “Lo que está pasando es típicamente un problema ambiental[2]”, y multicausal, porque intervienen varios elementos, “es un evento extremo que tiene origen en el cambio climático y es acentuado por la desforestación en la cuenca y la reducción de los humedales[3]”.

Entre estas causas, suma la agudización de los extremos climáticos, la deforestación en las cuencas altas que afectan los ríos afluentes del Paraná, las dificultades para la regulación de caudales de la cantidad de represas que hay sobre el río —principalmente del lado de Brasil—, y la pérdida del correcto funcionamiento de los humedales de la zona del litoral argentino.

Me parece interesante sugerir un cambio de términos ante esta declaración, hablar no solo de problema ambiental sino analizándolo en clave de “conflicto ambiental”. Esta propuesta que a priori pareciera ser solo un cambio de palabras, en realidad es una invitación a complejizar la mirada, porque al hablar de conflicto ya no solo aparece la problemática en términos de causas y consecuencia, sino que ponemos sobre la mesa los intereses en juego.

En este sentido, el conflicto es “definible como la percepción diferencial del problema; es decir, cómo una problemática es significada por diferentes actores (la confrontación de percepciones e intereses de actores sociales diversos frente a un mismo problema), involucran a grupos sociales con modos diferentes de apropiación, uso y significado del territorio.

Hay Conflicto ambiental, cuando hay confrontación entre grupos sociales por diferentes proyectos de uso y significado. Involucra diversas percepciones respecto de una misma problemática y por ello es importante trabajarlos conceptualmente desde una perspectiva que los considere como un campo de fuerzas y de lucha simbólica donde están en disputa significados y representaciones que se configuran como formas culturales de apropiación del mundo material y simbólico, que definen un determinado proyecto de construcción de la Sociedad[4]”.

Entonces cuando nos adentramos a pensar las cuestiones ambientales, en este caso la bajante del Paraná, no deberíamos hacerlo desde fuera o como algo externo a nosotres. Por el contrario, es fundamental que nos comprendamos como parte indisociable del ambiente y sabiendo que las decisiones que se toman influyen directamente sobre el comportamiento de los sistemas naturales. Las políticas públicas que llevan adelante quienes votamos, las que llevan adelante los gobiernos de los países limítrofes, lo que permitimos que las empresas y los grandes productores agropecuarios hagan con nuestros territorios, y lo que también les permiten hacer en territorios vecinos. Se difuminan los límites políticos, y entendemos que si no hacemos algo seguirán impactando en nuestra vida cotidiana de las más diversas maneras.

Bien podemos tener en cuenta lo que plantea el documental Bajo Río, presentado en Rosario, que aborda situación Paraná y “destaca las consecuencias de la bajante histórica como los cambios en la vegetación, la modificación del comportamiento de la fauna y migración forzada de algunas especies, la alteración de los ciclos reproductivos de los peces, presión sobre los sistemas de captación de agua dulce para consumo humano, la dificultad para la navegación y la extrema vulnerabilidad ante acciones humanas”[5].

Cada día somos más los que sabemos, como mencionan Omar Giraldo e Ingrid Toro en su maravilloso libro Afectividad Ambiental, que “Si lo dejamos, el capitalismo convertirá al planeta en una esfera inhabitable. La información científica trae cada vez peores pronósticos, al tiempo que la inercia social se hace la norma. Nos esperan tiempos turbulentos en este largo declive de la civilización en el que, es probable, habrá mayor mercantilización en ámbitos que hasta ahora se han librado de los tentáculos del mercado. El capital está invirtiendo y expandiendo el desierto en nuevos territorios, en donde la pólvora derrumba la montaña, los yacimientos petrolíferos remplazan las ceibas y el mercurio envenena los manantiales. Este pronóstico nos pone ante una situación alarmante, pues incluso un eventual escenario de colapso del sistema industrial podría llegar a ser peor del que hoy padecemos. Nada nos asegura que el modo de organización social que vendría después de un abrupto desplome sería mejor al de este sistema ecocida, culturicida y genocida”.

Nadie se salva solo, y el planeta no nos necesita, somos nosotres quienes lo necesitamos para seguir viviendo y nos necesitamos entre nosotres para exigir que se frene esta locura.

Para cerrar, la pregunta es la misma de siempre: ¿qué podemos hacer desde nuestras individualidades? Y la respuesta es siempre la misma: organizarnos, tomar las calles, sumarnos a la lucha. Es fundamental que como ciudadanes ya nos seamos parte de esa inercia social de la que hablan Giraldo y Toro. Ya no alcanza con leer noticias o compartir posteos en alguna red social. Es necesario que nos sumemos organizaciones ambientales en los lugares en los que vivimos, que votemos plataformas políticas que incluyan esta mirada, que abracemos esas luchas no como una cuestión esnob, sino comprendiendo que lo que necesitamos es construir un ambientalismo popular que nos permita alcanzar la tan ansiada justicia social que, como es evidente, no es posible sin justicia ambiental.

La lucha contra la crisis climática es sin lugar a dudas una lucha por los derechos humanos, la preservación de los territorios, la soberanía alimentaria, el reconocimiento de la importancia de la conservación de la biodiversidad y la defensa de América latina contra el colonialismo extractivista. El único camino posible para tener una vida que valga la pena ser vivida en este planeta es defendiendo lo obvio: la vida en todas sus formas.

Es urgente y es ahora.

*Educadora ambiental, integrante de Escuela Proyecto Ambiental.


[1] https://unr.edu.ar/noticia/14571/bajo-rio-un-trabajo-sobre-la-bajante-extrema-del-parana

[2] https://www.argentina.gob.ar/noticias/bajante-historica-del-rio-parana-lo-que-esta-pasando-es-tipicamente-un-problema-ambiental

[3] Ibid.

[4] PRIOTTO Guillermo & GARCÍA Daniela. 2009. Aportes políticos y pedagógicos en la construcción del campo de la Educación Ambiental. Secretaría de Ambiente y Desarrollo Sustentable de la Nación. Buenos Aires. Argentina. 231 Pág. Disponible en: http://www.ambiente.gov.ar/archivos/web/UCEA/file/Aportes%20Pol%C3%ADticos%20y%20Pedag%C3%B3cios.pdf (03/2015)

[5] https://unr.edu.ar/noticia/14571/bajo-rio-un-trabajo-sobre-la-bajante-extrema-del-parana