El río era una fiesta

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Una lectura de Nuestro río, libro que funciona como un arma cargada de arte y poesía para conjurar el desastre ambiental que se cierne sobre el Paraná.

“Yo me llamo carpincho, en la isla todos me dicen chancho, pero no soy el chancho jabalí, ese es un pariente lejano, aparte es medio loco y yo soy re tranquilo. Vivo en la isla desde hace muchísimos años, mis recontratatataraabuelos nacieron allí”. Con ese párrafo divertido, fresco y, en apariencia, inocente, larga el cuento “Los patos bomberos”, incluido en Nuestro río, libro firmado por “la Pierolada”, el mote con que se conoce a los integrantes de la familia Piérola, familia entrerriana legendaria que por causas históricas —trágicas, épicas, llenas de claroscuros— ha tendido anclas en el Chaco con toda la fuerza y voluntad del corazón.

En “Los patos bomberos”, el cuento del que hablábamos, un carpincho narra el avance humano sobre los humedales del río Paraná. Un avance a fuerza de máquinas, vacas depredadoras injertadas sobre terreno ajeno, incendios forestales más toda la barbarie de la civilización… Los carpinchos, y el ecosistema alrededor de los humedales, sufren el impacto de ese avance salvaje y cruento, cuya motivación no es otra que la ganancia, la avaricia, la mera estupidez.

Carpinchos… ya saben de qué hablamos.

El encargado de escribir las historias que componen Nuestro río es Gustavo Piérola, quien podría definirse como el encargado de la pluma —o del teclado— de La Pierolada. Gustavo se pone a la tarea de revestir de voz, de gritos y susurros al río Paraná. A veces hablan los carpinchos, a veces habla un dorado —o pirayú—, otras veces algún lobito, hablan las garzas, y gritan las gallaretas. El ecosistema entero es el que habla. Habla el río Paraná. 

Con vocación de fábula, cada historia alrededor de ese nuestro río ofrece una pedagogía posible: desde la memoria ancestral de nuestros pueblos originarios, pasando por la vida del pescador y abrevando siempre en la poesía del paisaje. Si hay una moral en estas historias, es la que manda el río Paraná; con sus crecidas, con su belleza y con la sabiduría de la naturaleza como bandera. 

Hay también, como no puede ser de otro modo, la experiencia humana, la rutina de mujeres y hombres que —por historia o circunstancia— llevan una vida junto al río. Esas mujeres y hombres ofician también de custodios de ese paisaje; alimentan al Paraná y se nutren de él, a la vez que van construyendo una militancia, lo que hoy llamamos una “conciencia ambiental”. A medida que despliega historias alrededor del Paraná, La Pierolada hace hincapié en las arremetidas con que la lógica ¿empresarial?, ¿capitalista?, ¿lucrativa?, ¿codiciosa?, ¿insensata?, ¿todo eso y más? castiga a nuestro río. A las consabidas plantaciones de soja —con las consecuencias que conocemos pero que no parecemos dispuestos a asumir— y a la producción ganadera improcedente, se suma la explotación inmobiliaria, el desdén por la Tierra y sus recursos.

A nadie escapa la agonía del río Paraná. A la vista de todas y todos, nuestro río se deshilacha. Dejémonos llevar por la corriente de este libro, de esta Pierolada luminosa que, una vez más, pone su arte, su compromiso y militancia a manera de grito y de acción.      

Si el trabajo artístico es siempre una obra colectiva, este libro lo reafirma con las ilustraciones de María Luz y las fotografías de Cristela Piérola. Fotos y dibujos que vienen a embellecer el marco sobre el cual se sustentan las historias del río. Fotos y dibujos que funcionan como orillas sobre las cuales alimentar nuestra contemplación. Fotos y dibujos como posible remanso y un libro como una zambullida profunda en el mundo de verdad. 

O como resume en el prólogo Álvaro Piérola, el hermano ingeniero: “un mensaje de verdades, de luchas, de vida y, por qué no, de esperanzas”.

De La Pierolada: Álvaro, Gustavo, María Luz y Cristela Piérola.