El Rescatador del Fuego: Wuyéss, el hombre Cuis

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Compartimos el relato Wichí sobre la recuperación del fuego, narrado por Lecko Zamora, escritor y músico. Ilustrado por su hija Haylly Zamora.

El rescatador del fuego pequeño, humilde y valiente, tomó la decisión temeraria de enfrentar al Owalhaj, el puma. El consejo de ancianos aceptó su determinación; el pueblo comentaba entre admiración y resignación. Él era, Wuyéss “el Cuis”, el hombre de las caraguatas. Todo su pueblo vive entre las Caraguatas. Ellos, como todos los primeros hombres, sufrían frío, comían carne no cocinada, no se reunían, no había memoria. Los primigenios hombres Wichí carecían del fuego. El Owalhaj se había apropiado del fuego y no compartía con nadie. Cada hombre que se atrevió a rescatarla, fue violentamente rechazado. Así pasaron los tiempos postrados en la oscuridad, sin luz del fuego para orientarse, sin el calor de las llamaradas en los días y noches invernales, sin las hogueras para cocinar los alimentos, sin los resplandores de las fogatas para danzar a su alrededor, sin las fogatas para escuchar y aprender de los ancianos sin el fuego para defenderse. Por eso Wuyéss se paró en el centro del Consejo y dijo: “yo voy, Traeré el fuego para el Pueblo y no se apagará jamás, él purificará nuestra oscuridad y nos transformará, junto a él nos uniremos y nos defenderemos. Las generaciones venideras se iluminarán con este fuego”. Sólo entre los matorrales, confundido entre ellos, Wuyéss desde muy temprano y desde varios días antes observaba y meditaba sobre todos los movimientos de Owalhaj hasta que sintió que había llegado el momento de actuar. Esperó que Owalhaj se alejara un poco. Sabía que en algún momento podía regresar. Porque Owalhaj era muy celoso con el fuego Y no obedecía ningún orden de vida. Owalhaj, hombre fuerte y poderoso con el fuego temido y mezquino con el fuego se apropió y dominó con el fuego. Owalhaj jamás tuvo compasión con nadie. El Wuyéss veloz y silenciosamente, como el viento, penetró en la cueva de Owalhaj, vio que desde un rincón irradiaba resplandeciente de color rojo y verde azulado, una preciosa joya llameante, era hermosa. Wuyéss, se acercó y lo observó maravillado cómo las brasas despedían llamas diminutas en estelas luminosas que se entretejían. Fue hermosa la fascinación que sintió por el fuego, tomó una brasa y caminó hacia la salida. Pero en ese instante Owalhaj, el guardián del fuego, apareció y furioso por el atrevimiento del pequeño hombre de las caraguatas, comenzó a rugir y a perseguirlo, tirando veloces zarpazos con la intención de atrapar al Wuyéss. 

Wuyéss, de pies veloces y mente sagaz, puso la brasa en su garganta, para tener más libertad para correr, tomó velocidad y se escurrió entre las patas del Owalhaj. Corrió por los cuatro vientos repartiendo las semillas del fuego, los Wichí felices y apresurados las recogían y lo sembraban en el centro de sus casas. Desde ese tiempo, el fuego reparte su calor, su luz, su fuerza y protección, todos están atentos para que nunca se apague. Cuando la comida está lista, la olla se deposita junto al fuego y de allí se reparte la comida para todos. Cuando hace frío nos cobijamos alrededor de él, aprendemos junto a él, nuestros ancianos alimentaron sus conocimientos con las llamas del fuego. Ellos nos hablan con la lengua del fuego que al penetrar en nosotros consume la oscuridad de nuestra ignorancia Así fue como ese pequeño gran hombre, Wuyéss nos dotó de coraje y conocimiento. A riesgo de su propia vida, pudo recuperar el fuego. Durante milenios hemos sido beneficiados por el fuego. Hoy siento mi pueblo frío hasta los huesos, se alimentan con la comida cocinada en otros fuegos, se entrecruzan en la oscuridad desconociéndose. En nuestros fogones cenizas quedan, nuestra memoria duerme oculta en nuestro espíritu. Esperamos a Tokwaj convertirse en Wuyéss otra vez, esperamos verlo de nuevo rescatando el fuego para iluminar nuestra memoria.