Educación, barrio y trabajo

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¿De qué hablamos en verdad cuando usamos la expresión “conflicto docente”? ¿Se trata de un conflicto laboral, pedagógico, económico? ¿Todo eso junto e incluso un poco más? Los medios de comunicación —pero tampoco está bien cargar todas las tintas sobre ellos— tatuaron la expresión en nuestro inconsciente abrumado y, como ocurre en estos casos, la naturalizamos y expandimos.

La docencia es un conflicto, y a veces está bien que así sea, si asumimos el conflicto como un espacio para la discusión, para el debate, para manifestar quiénes somos, qué sentimos y qué estamos dispuestes a hacer. Si la docencia se lleva bien con el conflicto, es porque la docencia —el trabajo docente— nos obliga a mantener el ánimo alerta contra el sentido común. Suena a mera perogrullada, pero no lo es tanto cuando, cada inicio de año, y ante la inminencia de un nuevo ciclo lectivo, se repiten los equívocos, las reivindicaciones, los desaires y malas interpretaciones políticas.

Después de un año fatal como el 2020, donde los trabajadores de la educación se las vieron en figurillas para adaptarse al llamado formato virtual, con clases a través de dispositivos como el Zoom, con la vida laboral invadiendo como nunca el espacio íntimo y con la economía mordiendo los talones, el 2021 avizoraba un horizonte, por lo menos, complicado.

La educación es un derecho humano y social inalienable —que no un “servicio esencial”, un equívoco quizás malintencionado—. Esa realidad no suele ser tenida en cuenta al momento de su correspondiente lectura política. Desde qué lugar, con qué herramientas contamos para hacer frente a la complejidad que presenta lo que hemos asumido como un conflicto, cuáles son las alternativas para abordarlo.

Quizás con más interrogantes que certezas, el colectivo Redes Populares viene a sumar un espacio de pensamiento, otra manera posible de abordar el trabajo docente y de asumir su incidencia en la comunidad.

Surgidos durante la pandemia al fragor de las redes sociales, Redes Populares nuclea a un buen número de docentes de la provincia y, como señala Caro Leiva, una de sus referentes en Quitilipi, “propone pensar una educación popular, integral y en el territorio, donde toda la comunidad sea participe”.

“Surgimos como colectivo a partir de las condiciones reales del pueblo, partiendo y tomando como eje central al ser humano como sujeto que enseña y aprende en su cotidianeidad y a lo largo de toda su vida, no solo dentro del sistema educativo, sino también junto a les otres”, explica Simeona Berón, maestra y profesora en Taco Pozo.

Como bien señala Simeona, Redes Populares también propone “trabajar en territorio, desde la realidad inmediata y junto con las familias, desde nuestras necesidades inmediatas, acompañarnos no solo en cubrir necesidades materiales, sino también con la palabra”.

Educación y más allá

En el inicio fueron Educadores Populares. Había que identificar de alguna manera al naciente espacio, y la confluencia se daba desde la educación, desde el abordaje pedagógico como centro de sus preocupaciones. En poco tiempo, y por la lectura y por el abordaje que sus propixs integrantes hacían de la realidad, comprendieron que su afán, sus motivaciones, trascendían el ámbito pedagógico. O, más bien, lo ampliaban.

La denominación Redes Populares se ajusta bastante más a la propuesta que plantea Rubén Saire, docente de General San Martín y también referente del colectivo: “Es un espacio de participación ciudadana que nuclea a toda persona con inquietudes de pensar la realidad y construir colectivamente alternativas que aporten para mejorarla en sus aspectos educativos, social, cultural y político”.

Entre las acciones que han llevado a cabo en estos diez meses, Saire destaca el contacto establecido “con organismos e instituciones que coinciden en la necesidad de conceder una atención prioritaria, desde las organizaciones y desde el estado, a los sectores sociales y etáreos más castigados”.

Desde el Sindicato de Amas de Casa —con quien plantearon el compromiso de evaluar las condiciones de enseñanza-aprendizaje ante la falta de clases presenciales y ante las necesidades de recursos tecnológicos y de conectividad— hasta la Secretaría de Derechos Humanos y Géneros, junto a quien se acordó una agenda de trabajo en torno al derecho social a la educación.

En ANSES, por su parte, se planteó la urgencia de un Incentivo Académico orientado a la adolescencia en riesgo de abandono escolar. Asimismo, en los municipios se está proponiendo poner en marcha una Red Multisectorial Socioeducativa.

Desde Redes Populares —en sus documentos escritos pero también en el ida y vuelta de opiniones e interpretaciones que se ofrecen— se apela permanentemente a la “comunidad”. La apelación no es nada azarosa, y mucho menos ingenua. La comunidad es el territorio sobre el cual más se ensaña la política neoliberal. Quizás porque la idea de comunidad refiere al quehacer colectivo, a la solidaridad, la ética y la fraternidad, como principios sostenidos por el trabajo entendido como gran organizador social. “Con toda la importancia y relevancia que otorgamos a la escuela pública dentro de la agenda popular, comprendimos que en la complejidad se actúa de manera integral, y que al trabajo constante de la cultura neoliberal por dividir y sectorizar, debíamos responder construyendo comunidad en la diversidad”, reza el documento a partir del cual Redes Populares plantea un posible programa de acción en vistas a lo que viene.

El primer paso ya fue dado —trascender la militancia vía redes sociales— y ahora sigue poner en juego capacidad y experiencia de manera colectiva y solidaria.

Ante el laberinto que parece envolver a la educación pública, la sarta de lugares comunes con que se menosprecia la actividad política, Redes Populares viene a proponer la búsqueda de alternativas, un nuevo llamado a “romper el aislamiento”. En ese camino se vislumbran puntas sobre las cuales complejizar y profundizar: educación popular, transversal al conjunto de sectores y vinculada a la comunicación y cultura populares; la ruralidad, en su disputa antagónica de modelos con la oligarquía y el agronegocio; la juventud, su energía y su potencial transformador; las políticas de género y los movimientos que politizaron lo personal desafiando al sistema, y que ponen en cuestión las lógicas laborales de la eficiencia y la productividad.

“Estos territorios son un desafío para nuestra presencia creativa y transformadora, nos sitúan frente al rostro descarnado de un modelo agotado que retrasa su retirada y al que entendemos como antagónico con la sustentabilidad planetaria y con la vida en sociedad. Parafraseando a Gramsci diríamos “El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. En el medio estamos nosotros””.

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