Decolonizar la enseñanza

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Analía Fernández es profesora de Historia, Moral y Cívica en la Universidad Nacional del Nordeste y tiene a su cargo la cátedra anual de Derechos Humanos y Ética del Instituto Superior del Profesorado de Enseñanza Artística Bellas Artes y en el Instituto de Educación Superior Mariano Ferreyra. Desde esos espacios se llevó adelante una muestra colectiva en la que el lenguaje artístico ofició de puente para narrar lo que fue el terrorismo de Estado en nuestra Provincia. Una obra cuyo punto de partida es el testimonio de Carlos Aranda, ex preso político y referente de los organismos de Derechos Humanos de nuestra provincia, compilado en su libro MEMORIA DE RATÓN (cuyos capítulos ofrecemos periódicamente en esta revista).

En su propuesta, Analía Fernández parte de la base de que en América Latina, y en Argentina en particular, se desarrolló un largo camino de luchas que llevaron a conceptualizar los Derechos Humanos con un enfoque muy propio y muy diferente a la visión eurocéntrica. Por eso, en el aula Analía plantea una noción “situada” de los derechos y de la historia, enfocando sus clases en lo acontecido en el Chaco a partir de lecturas como Memoria de Ratón, que son para la docente “herramientas fundamentales para comprender la dictadura desde lo testimonial e ir más allá de los conceptos abstractos, recurriendo a la experiencia vivida por hombres y mujeres que sobrevivieron al terrorismo de Estado”. De esa manera, quienes se están formando para ser docentes en artes visuales conocen la historia en primera persona y cuentan con nuevas herramientas para llegar a una producción artística que sume contenido social.

¿Cómo planteás el pasaje de la lectura de un libro a una producción artística?

Durante todo el cuatrimestre trabajamos la temática Terrorismo de Estado y Derechos Humanos en la educación argentina y chaqueña, y vemos desde los aportes académicos ¿qué pasó con la educación, con la cultura, con la economía?  Visitamos la Casa por la Memoria o  cualquier sitio de Memoria de los que hay en la provincia, como el monumento a la Masacre de Margarita Belén o podría ser, si estuviéramos más cerca, el memorial de la Masacre de Napalpí. No se trata solo de la lectura de un libro, lo que hacemos también supone visibilizar los sitios de memoria que fueron escenarios claves en la historia. La ventaja de la lectura de un libro como Memoria de Ratón es que contamos con el autor y ponernos en contacto con él es muy movilizador. Todo ese proceso culmina en un trabajo final cuya consigna es comunicar a otros jóvenes, a través de las artes, todo lo aprendido. La apuesta fuerte es buscar elementos para transmitir en una instalación qué fue el Terrorismo de Estado en nuestra región, para que cualquiera que vea pueda aprender algo y no necesite tanta explicación, sino que simplemente con mirar puedan captarlo. Por último les pido que pongan elementos del libro y que fundamenten lo que hicieron.

¿Qué le aporta al trabajo con los alumnos la posibilidad de trabajar con la fuente directa del relato?

Justamente, trabajar con el testimonio vivo, encontrarse con esa persona que fue testigo y parte de los testimonios que se recopilan para llevar a la justicia y cambiar la historia. Nos está hablando como parte de un proceso que vivimos en Argentina que se llamó Terrorismo de Estado. Lo que uno lee en esta publicación, salvando las distancias del tiempo, funciona como un encuentro, como si nos juntásemos a hablar con San Martín o con alguien que determinó la historia y a quien encontramos sólo en los libros. Solo que al ser esta la historia reciente nos posibilita encontrarnos con quienes sobrevivieron al Terrorismo de Estado. También es lo que podría acontecer con la Masacre de Napalpí. Por ejemplo, hay un espacio curricular que se llama Cultura y Pueblos Originarios, que a mi juicio es otro de los grandes aciertos que tiene la formación docente en el Chaco. En esa materia leemos Los Qom en Malvinas o Las Voces de Napalpí, de Juan Chico, y cuando él vivía, también iba a dar su testimonio, y ese es el enfoque que busco desarrollar en estos espacios.

¿Desde cuándo contamos con estos espacios curriculares y qué considerás que aportan a la formación de formadores?

Comenzó con la sanción de la Ley de Educación Nacional (Nº 26.206) en 2006, y luego continuó con la Ley 6.691 de la Provincia de Chaco en 2010, que llevó a modificar los diseños curriculares. A partir de ahí se empezaron a implementar las nuevas unidades curriculares, que por un largo tiempo convivieron con las anteriores. Nuestra formación docente y nuestra cultura están atravesadas por el colonialismo cultural, que es desde la conquista el avance cultural de la Europa occidental. Estamos marcados, son siglos de colonialismos que, pese a los intentos, no hemos podido revertir y tenemos que hacer un gran esfuerzo por descolonizar. Yo pienso, enseño y reflexiono como profesora de Historia y veo  el esfuerzo que tenemos que hacer no solamente para descolonizarnos de la cultura occidental europea, sino también para desporteñizarnos. Porque une no puede pisar tierra y comprometerse con su lugar si solo se aprende lo lejano y no lo propio, entonces lo lejano en tanto y en cuanto me sirva para aprender. En el Chaco tenemos muchísimo acervo cultural desconocido. Lamentablemente el proceso de formación del Estado Argentino sigue siendo centralista. Mirás la TV o escuchás la radio, y las noticias son de Buenos Aires, entonces  todo el tiempo estamos viviendo como si quisiéramos ser Buenos Aires o como si quisiéramos estar ahí, entonces te desconectas de tu realidad. Desde la Historia hay mucho para aportar al sistema educativo y los diseños curriculares actuales permiten y potencian que la educación argentina y chaqueña fomenten la valoración pluricultural con un profundo sentido latinoamericano, argentino y regional. Entendiendo a la Argentina como una cantidad de provincias muy distintas una de otra.