Alejandro Jasinski: “Las comunidades indígenas siguen siendo víctimas de la Masacre de Napalpí”

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“Hasta el peor planero quiere otra vida para sus hijos”, dijo hace poquito, impune y brutal, un infame expresidente. La idea del “planero”, tan instalada, tan violenta, forma parte de un imaginario bien arraigado en nuestro inconsciente. Cómo desmontar ese imaginario, con qué herramientas combatirlo es una de las tareas que nos impone este tiempo complejo, auspicioso en muchos sentidos y aciago en otros tantos.

Alejandro Jasinski es historiador y periodista y ha realizado investigaciones alrededor del movimiento obrero argentino, de la conformación de un empresariado nacional y su responsabilidad en los procesos represivos de nuestra historia. Jasinski llegó al Chaco para participar del lanzamiento del Plan Provincial contra el Racismo y la Discriminación y charló con ModoMatria sobre la inminencia de los Juicios por la Verdad en relación con la Masacre de Napalpí y su incidencia y efecto en la sociedad chaqueña.

“Una masacre —enfatiza Jasinski— que tiene un componente estatal muy fuerte pero en la también hay participación civil, y en la que hay también un etiquetamiento, una producción simbólica y política de la persona que va a ser reprimida como delincuente, como marginal al progreso, a la civilización, como un desacatado a las leyes”.

ModoMatria: ¿De qué manera actúa, o podría actuar, sobre este momento histórico la realización de los juicios por la Verdad sobre Napalpí?

Alejandro Jasinski: La realización de un juicio de este tipo es muy importante por distintos motivos. En primer lugar, porque habilitar un juicio de carácter penal supone dar certeza sobre los hechos, a la vez que produce una verdad jurídica a nivel penal y con carácter reparatorio. Un Juicio por la Verdad plantea que, ante la falta de responsables vivos que puedan ser condenados, se produzca una condena simbólica que deje un mensaje claro a la sociedad en relación con hechos que, si bien han ocurrido hace mucho tiempo, merecen y pueden ser castigados. En ese sentido el juicio es emblemático. Juzga una masacre centenaria, y eso es relevante porque permite llevar el terreno de la justicia cien años atrás, donde este tipo de hechos no resultaban en condena, no encontraban una inmediata reparación en el ámbito judicial, ni siquiera en los ámbitos políticos, donde la investigación sobre esta masacre fue opacada, evitada desde los poderes ejecutivos y legislativos. Estamos hablando de un período y de un contexto en los que se produjeron no sólo la masare indígena, sino varias masacres. Un contexto represivo que tiene sus características propias: fin de la Primera Gran Guerra, Revolución Rusa, crisis económica global, puja distributiva, disputa en los ámbitos del trabajo, con un creciente movimiento obrero y también la toma de conciencia de la clase empresarial respecto de ese desafío que se le presentaba. A lo que hay que agregar aparatos del estado represivo que actuaban en conjunto con la organización paraestatal de estas clases empresariales, y que actúan represivamente en muchísimos conflictos laborales a lo largo del país. Desde 1917, pero sobre todo en la década del veinte, se producen grandes represiones con gran cantidad de muertos y detenidos. Y este juicio de alguna manera abre una ventana que era importante abrir.

MM: ¿Qué reparación supone la realización de un juicio por la Verdad específicamente para las comunidades indígenas?

AJ: Las comunidades indígenas siguen siendo víctimas de ese hecho represivo concreto que fue la Masacre de Napalpí de 1924. Es un episodio más —quizás más brutal que otros— del genocidio indígena en nuestro país. Genocidio que empezó con la conquista. En el caso del Chaco, con el avance militar a fines del siglo xix y con las ocupaciones territoriales que se hicieron de ese Gran Chaco Indómito, como se le llamaba, donde habitaban los países del Gran Chaco, es decir las poblaciones indígenas originarias. Abrir un juicio en la actualidad permite a las víctimas —si ya no directas, a los descendientes de esas víctimas— declarar en un juicio que sea público, televisado, que tenga la posibilidad de ser transmitido a toda la población. Y aporta un mensaje sobre una gran cantidad de conflictos cuyos motivos, aunque no son subterráneos, aún tratan de esconderse. Motivos que no sólo tienen que ver con el racismo profundo de la sociedad blanca y cristiana, sino también con un conflicto mucho más material, terrenal, que es la ocupación de tierras en un proceso de expansión del capitalismo. Con la necesidad capitalista de poner en producción tierras que no estaban siendo utilizadas para la producción y el abastecimiento de un mercado global. Poner de relieve el conflicto por la tierra, por el trabajo forzado sobre brazos que antes no estaban ocupados para la producción del capital, también echa luz sobre los conflictos actuales. Conflictos que se siguen manifestando en relación a la tierra, a la expansión de producción de comodities para el mercado internacional. Un juicio que a su vez ponga las luces sobre hechos que están ocurriendo en la actualidad es importante para crear mecanismos que eviten ese tipo de represiones y masacres. Hoy tenemos procesos donde hay avances empresariales en territorios recuperados por las comunidades indígenas, descendientes, o que se consideran parte de esas poblaciones, y que son reprimidos, asesinados brutalmente, asesinatos que no se esclarecen, que quedan impunes, y eso abre un espejo con el pasado de estos hechos.

MM: ¿Cómo se lee o interpreta Napalpí –y la respuesta del estado argentino– en relación con hechos de matriz similar ocurridos en otras partes del mundo?

AJ: Haría falta un estudio para entender qué significan todos estos procesos de reparación de justicia, de memoria, que se están dando en distintas partes del mundo. Desde el reconocimiento de Alemania sobre el genocidio sobre población originaria en Namibia durante la época del imperialismo, a comienzos del siglo xx, poblaciones originarias que se han resistido a la ocupación y que han sido masacradas. Esa masacre es reconocida, pero además se dictan políticas de reparación simbólica y material, financiera, económica. Procesos similares se viven en Canadá y en Estados Unidos, donde se encuentran víctimas de lo que fue el intento de integrar a las poblaciones nativas en la comunidad blanca. Integración que no fue ni más ni menos que el intento de eliminar la cultura y las formas de vida de estas poblaciones. Todo ese proceso de recuperación actual, con juicios, indemnizaciones, reparaciones simbólicas como “días por la memoria” y “por la verdad”, distintas formas que se asumen en distintas partes del mundo. Y Argentina está en ese proceso. Lo que está ocurriendo con Napalpí no es algo propio de la Argentina, sino que forma parte de algo que tal vez lleve tiempo comprender del todo. Lo cierto es que hay un proceso global en el que Argentina está encabezando las políticas de reparación de crímenes ocurridos hace un siglo.

MM: ¿De qué manera puede operar el Plan contra el Racismo y la Discriminación que presentó la provincia del Chaco sobre expresiones tremendas que sobrevuelan nuestro imaginario? Pongamos por caso el clásico “negro de mierda”, o el más novedoso “planero”…

AJ: En principio lo que me parece importante es que el Plan contra el Racismo y la Discriminación tenga por delante el juicio por Napalpí. Esa masacre está teñida de racismo. Es fundamental empezar a entender qué es lo que ocurrió con esa construcción de un imaginario de quien sería la víctima pero que a su vez era presentado como un sublevado, como alguien que no se aviene a las normas de la civilización. En ese sentido, la función de este Plan y de este Juicio será repensar ese imaginario racista que es muy profundo en la sociedad en todo el territorio nacional. Y sobre todo muy fuerte en estos territorios donde la presencia de pueblos indígenas es más nítida, y que son históricamente territorios de frontera… Imaginarios que están anclados en las escuelas, en la población. Es un discurso capilar, que penetra también por los medios de comunicación. La idea del “Negro de mierda”, del “planero”, en muchos casos tiene que ver con esa forma de avasallamiento que se produjo con todas estas comunidades que tenían formas de vida distintas a las de la productividad, a las del capitalismo, la jornada laboral, al uso del tiempo que el capitalismo impone a todas las sociedades sobre las cuales pasa a ser dominante. Cuando la sociedad argentina blanca, el estado nacional las expropia, les saca sus tradicionales medios de vida, les imposibilita seguir viviendo como vivían, ese brutal intento de cambio de la naturaleza humana de las costumbres, de la cultura. Y como esa cultura ya no resultaba viable para garantizar su reproducción, a las comunidades nos les quedó más remedio que acercarse a los fortines, en muchos casos pidiendo asistencia, a las chacras, a las localidades con algún sistema productivo en funcionamiento. Y así apareció la idea del marisqueo, de que esas sociedades solamente podían sobrevivir si eran asistidas, pero asistidas en función de que se les había prohibido y coartado toda posibilidad de reproducirse como ellos sabían reproducirse hasta ese momento. Ese mismo imaginario es el que persiste hoy sobre el planero, el asistencialismo, que en realidad estamos hablando de población que pierde su capacidad de reproducirse por el propio efecto del capitalismo.